He tenido este capricho


Me he levantado con la fresca y me ha dado este pronto: grabar El Peregrino, de Ricardo Cantalapiedra y ponerlo en el blog. Es una grabación chapucera, pero se oye. Y a mí me trae recuerdos sin fin…


Para escucharla tenéis que apagar la música de fondo del blog, ahí a la derecha…

Mientras se mea hay esperanza




Esto estaba en la entrada de nuestra casa. Eran otros tiempos. Meábamos muy alto. Y juntos. Y fuerte. Y en cantidad.

Recuerdo el 23F. Allí lo pasé. Allí lo pasaron muchos por miedo, por solidaridad, por miccionar y defecar juntos mientras pasaba el temporal (cagalera auténtica sufríamos), por reafirmar lo que parecía peligrar, por comprobar hasta dónde serían capaces de llegar, por esperar el amanecer…

Primero fue en el Paseo del Cid. Sí, junto al Pisuerga; al pie de aquella arboleda con el cesped desvaído y maltratado. Tropecientos; era el principio, variedad y río revuelto, cantidad exuberante más que serio y discreto discernimiento, sin ascensor porque sobraba entusiasmo, tampoco calefacción ¡qué falta hacía!

Luego ya en Nueva del Carmen, cerca de la vía, a la otra punta de la ciudad, entre el mundo laboral, vecinal y reivindicativo. Al margen del Esgueva, cuando era arroyo y vertedero, y Ventura aún pisaba polvo y barro. Muchos menos, más orden, más sensatez, más diálogo, mayor exigencia.

Era mesa abierta, cama segura, libertad incondicional, desparpajo contenido, familia consensuada, referente y paso obligado en tiempos de autodefinición y resituación personal y colectiva, contenedor de posibilidades, azotea donde otear iniciativas y novedades, cocedero de realidades, parada y fonda, lugar de encuentro y punto de partida…

Muchos años permaneció en aquella pared, junto a la entrada, el cartel. Hacía sonreír a los amigos, extrañarse a la visitas, mirar al bies a los formales y congeniar a los juramentados. Desapareció y desconozco dónde fue a parar una vez que, ya todo ordenado y muy compuesto, hubo decisión general de adecentar la casa, darle una mano de pintura y poner cada cosa en su lugar.

Sí, el lugar lo fue encontrando cada quien; a partir de algo que no fue un sueño, ni una fugaz experiencia, sino una bofetada a la idiotez, una auténtica patada a los buenos juicios según regla, un guiño de libertad desentumida, un canto improvisado, un rezo confiado, una sonrisa de inquietud genuina e ingenua.

Mientras se meó en libertad y todos juntos, no faltó esperanza, ni alegría, ni procaz atrevimiento.

Fue "la comuna", en la que viví, donde conviví y comulgué unos años de mi vida, antes de aterrizar en otro lugar, estación término quizás, tal vez sólo de paso, donde sigo meando, solo y junto a, y con la esperanza metida en mi mochila de colores.

Ya no meo tan fuerte ni tal alto, pero lo hago muchas más veces y en cantidades suficientes. Ingenuidad y genuinidad, tampoco faltan. Desparpajo y procacidad, lo justo.

Una humilde berza: la lombarda

¿Te apetece leer una fábula para entender los orígenes y causas de la crisis?

Juanma Roca, en su libro El reino de la humildad, construye una fábula sobre la importancia de conceptos como la humildad, el respeto y la prudencia, y los perjuicios que originan la avaricia y la soberbia.
El reino de la humildad nos ayudará a entender los orígenes y causas de las crisis económicas, y nos dará las claves sobre la importancia de los valores éticos del directivo.

Por sólo 9,95 euros pasarás un buen rato y te informarás de los entresijos de la economía y la sociología. No me digas que es caro, y máxime tratándose de ejecutivos.


Tras este anuncio publicitario que me podría reportar pingües beneficios económicos si ahora pasara por ventanilla, he de reconocer, humildemente por supuesto, que no conozco al tal Juanma y no he leído -ni pienso hacerlo- ese volumen así titulado. Hay que tener imaginación para juntar esos dos palabros y pretender que tengan relación: reino y humildad.

En gastronomía, lo mires por donde lo mires, el marisco reina; lo saben en Galicia y en Sebastopol. La humildad, por el contrario, en cualquier parte del mundo está representada por la  huerta. Las hortalizas están bien como acompañantes, siempre junto a. Pasan desapercibidas, pero hacen su labor. Pero si se pretende que ocupen primer plano, la cosa se complica. No tienen entidad suficiente, no saben. Dar color, está muy bien. Afinar, aromar, suavizar, es su función. Pero ¿qué hacer con unas simples zanahorias? Y no digo nada si se trata de patatas, o de puerros, o sin ir más lejos de unas moradas lombardas. Decididamente, salvo que se sea vegetariano, las berzas y similares tienen función secundaria entre hornillos y pucheros. Y casi simple adorno si nos vamos ya a la mesa. Estómagos con verdura son necedad, y vigilia el pretender vivir comiendo sólo eso. En mi pueblo se decía cuando pequeño, el que "fresco come, al fresco se queda", referido al pescado. Pero si era sólo vegetal se espetaba: "A ellas, padre, vos a las berzas y yo a la carne". Y eso no era nada, porque en otros sitios se pensaba que "Las berzas de enero, espurren el puchero". En Cantabria no era para menos, y allí decían: "En el huertuco del pobre, todas las cabras entran a comer berzas". Y hasta los gallegos opinaban de manera semejante cuando decían que "se queres ao teu marido matar, dalle berzas polo San Xoán". Resumiendo, las verduras no tenían entonces la prensa que tienen ahora, que es moda y hasta mola ir de vegetariano; y hay unos restoranes muy guays sólo fibra vegetal por un ojo de la cara.

Ahora a la pequeñez parece que se les da mal comer verduras y legumbres, y los papás y las mamás se preguntan cómo hacérselo. Y buscan la manera de engañarles y metérselo al tiempo que el bollito de turno o la pizza de encargo. No comprenden ellos, los padres me refiero, que la comida de pobres nunca fue apetecible. Porque los pobres, cuando mi niñez, se despachaban con eso, media lechuga para almorzar, o un par de zanahorias, o mismamente un pepino, mientras la otra parte se almorzaba con un par de huevos, una pieza o tres de lomo y una buena costilla sacada del puchero con manteca. Claro que el labrador pudiente metía entre el grano arrobas de melones, pensando en el invierno, por supuesto.

En fin, que me estoy enrollando. Porque yo ahora pretendía escribir sobre la humilde lombarda. Pero no sé qué decir. Yo me la como así, cocida, con un chorrito de aceite crudo, de oliva ¡faltaría más! y pimentón picante por encima. Y me como en cantidad, nada de  unos trocitos. Y me relamo y repito.

Y diréis, ¡vaya simpleza! En efecto, así de simple soy, y así también lo es la lombarda. Y no sé si simpleza y humildad van unidas o cada una por su lado; también ignoro si la humildad es virtud o forzada necesidad. En estos tiempos de la cocina conceptual y de diseño, hablar de lo que comen quienes voluntaria o forzosamente viven en frugalidad suena a contrapunto.

Hace un montón de tiempo hube de pasar por la Trapa; mi obispo me exigía hacer retiro antes de recibir órdenes mayores. Fueron días paradisíacos. Me trataron a cuerpo de rey aquellos frailes del cenobio. Día sí, día también, sobre mi mesa lechazo asado, costillar de cerdo, capón en pepitoria, ternera de mil maneras… Cuando me despedía le pregunté al lego que me atendió si también ellos comían lo que ofrecían. El buen hombre, bajos los ojos y sonriendo, dijo que alguna vez, en fiesta grande, podían probar carne y hablar entre ellos; que a diario una sopita, verdura de la huerta y un deo gratias para terminar.

De lo que se come se cría. Lo he oído un montón de veces. Pero yo pienso que se come como se vive, y se vive -si es que puedes elegirlo- como se piensa. Y al final resulta que comes como piensas y hablas y escribes de lo que vives. O sea: como pienso, escribo. [Notad que me ha salido una frase para enmarcar, y sin pensármelo, no os vayáis a creer.]

De la lombarda poco sé. Que es de invierno. Que en los estantes del supermercado hay de todo durante todo el año, pero lombardas no; no la busques fuera de su momento. Tal vez no haya alcanzado la importancia necesaria para ser producida contra natura, tal vez no sea posible hacerla en invernadero, o en otras latitudes más cálidas. ¡Qué se yo!

Pero del mismo modo que es convincente la expresión: "El día que la mierda tenga algún valor los pobres nacerán sin culo". Estoy plenamente convencido de que como se descubra que la lombarda atesora riquezas inconmensurables, tendremos lombarda durante las cuatro estaciones y su precio competirá con el del oro y otros metales precisos. ¡Al tiempo!

mariajesús paradela había puesto esta foto, diciendo que eran lombardas

http://4.bp.blogspot.com/_9JZFMHtx01k/TEBzNeZMCnI/AAAAAAAAA6Q/R5n909_vVUE/s1600/Concurso+16+de+julio+014.JPG

Pero lo que yo conozco es esto




¡A que es preciosa! Pues eso, y está riquísima.

De pozos y similares


     Hay una foto en la serie que ofreció mariajesús paradela que dejé a un lado; me pareció demasiado obvia. En Galicia, en el medio rural, un pozo con su brocal y con su hiedra, me resultaba evidente. Si nos preguntaran dónde situaríamos esta imagen
http://2.bp.blogspot.com/_9JZFMHtx01k/TEBz8DeH78I/AAAAAAAAA6Y/gJ3yzNK4VHA/s1600/Concurso+16+de+julio+016.JPG
     no quiero apostar, pero no exagero si un 70 u 80 por ciento largo lo situaríais precisamente en tierras gallegas con toda probabilidad.

[Sí, bueno, no empujéis; y también en Cantabria, y en Asturias, y hasta el León o Zamora. Sí, también en Escocia y en los Alpes. Que sí, también en Noruega. Vale, y en más sitios, multitud de sitios.]

     Y es que los pozos en otros lugares tienen otra apariencia y sugieren también mucho menos.

     Así es y así aparece un pozo en mi tierra:
http://www.camiher.es/servicios/pozos.jpg
     Diréis, ¡qué barbaridad! Pues sí, qué barbaridad. Los otros, los de brocal de piedra, con su polea para el caldero, y todo él cavado a mano, escarbado en tierra o picado en roca, de ésos creo que ya no existen. Y si aún quedan, habrá que buscarlos.

     Ahora los pozos, los nuevos y los de antes, están abiertos o reabiertos con máquinas, y con aros de cemento, como los de la foto, y no tienen brocal, ni polea ni caldero. Un motor, en superficie o sumergido, bombea agua para alimentar los surtidores del riego por aspersión o para rellenar la piscina de la urbanizacion o de la propia parcela. Porque beber, beber de un pozo, ya poca gente lo hace, con lo buena que está el agua embotellada. ¡Que es de manantial, oiga usted!

     Por mi tierra la foto romántica junto al pozo tiene color sepia, y habla de los tiempos en que el agua se sacaba, se acarreaba, se ahorraba y se cuidaba. Junto al pozo la gente se saludaba, charlaba, se despedía y hasta se citaba. Del pozo bebían los animales de trabajo, que para eso había una pila justo al lado. Bueno, también solía haber un pilón en medio del pueblo, pero ese no cuenta, que no usaba lo del pozo al lado; el agua le venía de alguna otra parte a través de una cañería que desaguaba en él precisamente a través del caño.

     El pozo estaba junto a la casa. Y también en el huerto, aunque a este le llamábamos noria, porque mediante unos cangilones un burro o una mula dando vueltas sacaba el agua para regar lenta pero pródigamente las patatas, los pepinos, las lechugas, los pimientos y lo que hubiere; y había mucho, hasta perucos.

     Y sí, el pozo estaba junto a la casa. Suerte la casa que lo tenía. Podría resistir todo un asedio, con el pozo y la matanza, las gallinas y los huevos, el huerto y la harina, los conejos y el rebaño. Decían en mi pueblo que cuando el año del hambre, por allá no se notó, porque eran pocas las familias que no tenían su autosuficiencia alimentaria. En fin, cosas de antes.

     Porque de los pozos, bebíamos las personas. No importa que fuera sosa, era fresca y era agua. Luego vino el depósito del pueblo, y las cañerías (ahora se dice tuberías, pero son lo mismo), y las fuentes públicas, y, al fin, el grifo en la cocina. Ya fue el colmo.

     Por mi tierra existen otros pozos, que en realidad no lo son, aunque así se denominen.

     Por ejemplo, el Pozo de los Humos, en Las Arribes del Duero. Es una cascada preciosa de la provincia de Salamanca
http://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/c/c1/Pozo01.jpg
     Aquí está impresionante. La verdad es que yo lo he visto siempre más humilde, se ve que sólo se ofrece de esta guisa para que lo cuelguen en Wikipedia.

     Otro pozo bonito es el Pozo Azul, en Covanera, Burgos:
http://www.tubilla.net/covanera/imagenes/PozoAzul3.jpg
     Este debe tener mucho más por su interior, pero a mí de eso no me habléis que me dan miedo las profundidades.

     Este tampoco es un pozo sino un embalse, pero lo llaman Pantano de la cuerda del pozo, y está en Soria:
http://f1.eltiempo.es/f//62/80/feba39f548651cd8fb835931b1adc1a3_720x560.jpg
     Y en esta foto tiene incluido un envase vacío de leche, o de vino, o de mala leche. En fin.

     En Gredos, por la parte de Ávila, más que pozos hay pozas. Todo un paraje recibe el nombre de Prado de las pozas, y es éste:
http://3.bp.blogspot.com/_fao48Ir5pTc/SYdr7bcMaXI/AAAAAAAABAU/gZsfT72SY2M/s400/Rio-Pozas10-07.jpg
     Si quieres subir al Almanzor, y llegar hasta la Mira, u otear Extremadura toda sin salir de mi Castilla, hay que pasar por este prado. Es, sin dudarlo, el camino más corto y más fácil.

     En fin, estos son los pozos que conozco.

     Aunque hablando de pozos se podrían decir muchas más cosas. Pozo o pozos es palabra que sirve para denominar una situación poco apetecible. Lo mejor es oír "he conseguido salir del pozo". Porque caerse dentro, tanto física como anímicamente, es una cosa mala. No se puede estar dentro de un pozo, ahí no se puede vivir. Es insano e inhumano. Si alguien te pide que lo saques del pozo, hazle el favor, por fa, no le dejes dentro. Y si no lo dice, pero lo está, sácalo, alma de Dios, sácalo y que respire… Y olvídate de aquello que dicen de enseñar a pescar en lugar de dar un pescado, anda que eso son monsergas. ¡Cómo va a aguantar alguien ahí dentro mientras tú aprendes a enseñarlo! ¿Paternalismo, dices? ¡Anda y nos digas melonadas!

     Antiguamente se introducía a condenados en su interior,  de un pozo por supuesto, que de eso estamos hablando; y parece que lo pasaban muy mal. Esa era su condena. Hoy ya no se hace, pero sigue habiendo gente dentro de pozos. Pozos de la incomunicación, pozos de la incomprensión, pozos de silencio, pozos de inmundicia, pozos del subdesarrollo, pozos de la  miseria, pozos y pozos y pozos…

     Hace no tanto curas y similares ayudaban a salir de pozos. En la actualidad esa competencia pertenece en exclusividad a psicólogos y psiquiatras. No hay otra. ¿Los políticos? Esos están para otra cosa.

     En nuestra catequesis parroquial utilizamos la imagen del pozo, y la chiquillería lo entiende perfectamente, aunque ya no tienen pozo en casa, ni beben agua de pozo, ni su piscina se surte con agua de pozo.

     Una de ellas, por ejemplo, se titula Los pozos. Y cuenta la historia de gentes que se niegan a vivir en la superficie y hacen su casa en un pozo; o de un pozo, su casa. Ahí dentro, sin ver más que a los de casa, creen que lo tienen todo-todito-todo. Hasta que un nene se escapa y descubre que hay otros pozos habitados de los cuales nada sabía; que hay ríos y bosques, que el sol alumbra y calienta, que de día es de día y de noche es de noche. Y otro montón de cosas más, como pueblos y ciudades enteras. Cuando vuelve contento a su pozo y cuenta lo que ha descubierto convence a los suyos para salir de allí y encontrar lo que desconocían. Estaban satisfechos con lo que tenían, pero es que tampoco habían buscado nunca otra cosa diferente.

     Otra historia también habla de pozos habitados, sólo que sus ocupantes desconocen que el agua que disfrutan no es suya en exclusividad, sino que toda ella pertenece a la misma corriente que alimenta todos los pozos. Desconocidos entre sí, y tampoco interesados en relacionarse, descubren que no pueden vivir como islas, es decir, como pozos, y que quieran o no quieran los demás también cuentan. Y si alguien mancha el agua, la mancha para todos; y si alguien la quiere toda para sí, tendrá que contar con los demás, que también cuentan; y si alguien pica más profundo su pozo, aumentando el caudal de agua, inunda no sólo su casa, sino la de los demás, y le protestarán.

     En fin, que esto de los pozos da mucho de sí y se puede escribir sobre ello largo y tendido. Pero veo que ya es hora de irme a la cama, de modo que aquí termino y concluyo con esto de las fotos de mariajesús paradela.

Las manos

     Después de lo que ha escrito Arobos, poco tengo yo que añadir, a pesar de que tenía el asunto apartado para el final, como el más interesante de los cinco. Él titula "Manos que dan vida" a su contribución en el concurso que organiza maríajesús paradela. Yo no participo, en el concurso digo, pero sí estoy invitado a reflexionar desde mí por las imágenes que la gallega dejó como provocación y propuesta.

     
Para mí las manos es lo mejor que tenemos los humanos. No hay miembro de nuestro cuerpo que se les pueda comparar. Y mira que somos completos y estamos dotados de cualidades. Pero es en las manos donde yo considero que se encuentran de manera ilimitada nuestra capacidad de expresión, de comunicación, de sensibilidad, de fraternidad, de creación. Desde las manos que nos reciben cuando nacemos, hasta las manos que nos cerrarán los ojos cuando muramos, todo, absolutamente todo, está amasado por las manos. Incluso en el caso de que nos faltaran, supliríamos como fuere el miembro ausente, para hacer lo que las manos hacen, porque de lo contrario esta vida no sería vida.
http://1.bp.blogspot.com/_Ixm5yLIxGFk/TEDwxNdKQ1I/AAAAAAAAEB8/AsF61CqutwU/s1600/Concurso+16+de+julio+009.JPG

     Algo tan simple a primera vista como capar una tomatera, sin embargo encierra en sí todo un largo proceso de aprendizaje. Pero también una maravilla de instrumento, formado por huesos, tendones, articulaciones y músculos que no ha encontrado aún rival. Ni lo encontrarán.

      En las manos está todo dicho de una persona. Si trabaja o estudia. Su edad. Su condición. Su ternura. Su afabilidad. Su energía. Su corazón. Si da o recibe. Si acoge o despide. Si sirve o no sirve.

      Puestos a enumerar usos y posibilidades de las manos, saldría una lista demasiado larga para un blog. No obstante me atrevo a iniciarla.

      Las manos pueden servir para…

Abrazar,
Acariciar,
Acercar,
Acoger,
Adornar,
Aflojar,
Agasajar
Agraciar,
Amasar,
Aplacar,
Aplaudir,
Apoyar,
Aproximar,
Asir,
Atusar,
Ayudar,
Calmar,
Casar,
Confortar,
Congraciar,
Consagrar,
Construir,
Embellecer,
Enarbolar,
Engalanar,
Ensamblar,
Estrechar,
Firmar,
Fortalecer,
Gestionar,
Gratificar,
Hacer,
Indicar,
Llamar,
Moldear,
Ordenar,
Organizar,
Orientar,
Ornar,
Palmear,
Plantar,
Recoger,
Reconfortar,
Reforzar,
Reunir,
Sanar,
Sembrar
Sostener,
Suavizar,
Tensar,
Unir…

     Lo malo de las manos es que también tienen doble uso. Por eso hay que calificarlas, ponerlas un añadido que las determine y no permita confusión. De ahí lo de

mano derecha,
mano izquierda,
manos abiertas
manos amigas,
manos blancas,
manos cansadas,
manos dormidas,
manos entrelazadas,
manos entumecidas,
manos frías,
manos grandes,
manos hinchadas,
manos inquietas,
manos juntas,
manos libres,
manos limpias,
manos llenas,
manos milagrosas,
manos ocupadas,
manos orantes,
manos perfectas,
manos rápidas,
manos sanadoras,
manos sucias,
manos tendidas,
manos unidas,
manos vacías…

     Si es gratificante conocer qué y cuánto pueden hacer las manos, es deplorable, deprimente y hasta escandaloso enterarse de lo que pueden deshacer, o mal hacer. No bastaría con cambiar el calificativo añadido anteriormente por su contrario; no sería suficiente; habría que alargar un poco más la frase, indicando el modo de la acción, su intención, su sujeto paciente, incluso el momento y la circunstancia.

     
Esas manos que nos hacen y con las que hacemos, pueden ser alternativa o simultáneamente destructoras. Y no es que una mano pueda desconocer lo que hace la otra; las dos, de una en una o ambas juntas, sirven para lo uno y para lo otro.

      Quiero sin embargo esta noche ser optimista. Y puesto que mariajesús paradela nos ha fotocopiado sus manos laboriosas, yo propongo como manos ejemplares estas que tengo en mi iglesia para recibir y acoger desde el primer momento a los recién nacidos y a cuantos quieran renacer y estén decididos a ello.

https://sites.google.com/site/laparroquiadeguadalupe/_/rsrc/1253350670134/el-presbiterio/Pilabautismal1.JPG

Julia Ardón tiene una página web muy superior, que podéis visitar y disfrutar. Y esa página web tiene entre otros un apartado que se titula Lazos.

Jessica Isla dijo el 5 de octubre de 2009 como comentario en Lazos este precioso texto:
A mi hermano Leo

Unas manos no son más que unas manos, pienso.

Las que tengo enfrente: heridas, astilladas, vueltas pedazos. Unas manos con dedos imperfectos, quebrados por otras manos llenas de odio. Unas manos que sostuve entre las mías de hermana grande, desde la cuna para que fueran creciendo, poco a poco, para que moldearan su propia vida. Unas manos que defendí para que pudieran crecer sanas, sin moretes, ni golpes, para poder acariciar y abrazar la vida, para estudiar, tomar notas y escribir. Unas manos para dibujar y sanar. Unas manos para reír.

Ese mismo par de manos se defendieron sorprendidas, mientras caminaban alegres a la par del cuerpo que las acompaña hacia la casa de un amigo. Solo pudieron formar un muro frente a los golpes y las patadas de veinte policías. Dos manos, contra cuarenta extremidades de furia. Esas manos sólo pudieron quebrarse por la violencia sin sentido, por la violencia que se cree en el derecho de la razón. Unas manos que ahora son yeso y están inmóviles, que nunca quedarán igual, que tendrán que recorrer un camino largo de ida y vuelta para curarse. Unas manos que son la cara angustiada de mi madre y su pregunta ¿cómo te voy a dejar así? Unas manos que son mi rabia y mi impotencia. Un dolor que explota en cada parte de mi cuerpo y que se abre paso en mis entrañas. Sale, se retuerce, parpadea.

Pienso porque me duele tanto, y me imagino que haría yo sin mis manos. Sin los dedos que teclean estas notas, sin mi herramienta de vida, sin mi voz. Sin todas esas manos que me sostienen: Las manos de mi compañero y mi hija sobre mis manos consolándome, las de Manitos Negras sobre mi espalda blanca, doliente, haciéndome llorar, las de la Margarita que desde la computadora traducía a las otras mis mensajes de auxilio y apoyo mientras sufría su propio dolor, su propia pérdida. Las manos de la hermana con nombre de abeja que cada día se aseguraba de que estuviera bien. Las manos que sostienen la manta de la solidaridad infinita de El Salvador, de Costa Rica, México, Cuba, Argentina y Guatemala. Las de mis hermanas escritoras y la red de araña paciente que han tejido mis hermanas y hermanos hondureños desde esta resistencia. Las manos de mis ancestros, ancianas, brujas y guías espirituales. Las manos de Obatalá y Oshún.

Esas manos quebradas son las manos de la resistencia. Apaleada, quebrada, pero firme. Unas manos dignas que gritan un mensaje al mundo que no escucha por ahora. Que cuidan y acogen, que acunan, se acurrucan, cocinan, se levantan y abrazan. Unas manos que con paciencia, tiempo y ternura volverán a curarse y a crear. Que no volverán a ser las mismas. Que crecerán de otra forma, que sanarán más o menos, que se extenderán al mundo. Que en sí mismas forman una voz. Que son miles de manos y una sola.

Unas manos son todas las manos…

Muros, tradiciones, el mito del eterno retorno y otras consideraciones


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     Una pared puede tener muchos usos y aplicaciones. Generalmente sirve para cerrar un espacio. Vale tanto para impedir que entren como para imposibilitar salir. A veces se utiliza para sujetar algo, por ejemplo mi casa, que está hecha hace tiempo y tiene paredes que son muros de carga, en expresión albañileril. Hoy día se construye de otra manera, y las paredes son como de adorno, y hasta se mueven sin te apoyas en ellas. Se pueden pintar y adornar, consienten que cuelgues estanterías y cuadros, incluso te dan la seguridad de estar protegido. No te fíes; puede que al otro lado alguien escuche tus pensamientos y trame algo gordo contra ti. No duermas tranquilo, esa pared es de papel o similar.

     Un muro refiere a otra cosa. A mí, por ejemplo, me recuerda el de Berlín, que viví desde mi infancia. Ahora el de Gaza, que es otra monstruosidad consentida urbi et orbe. Vergüenza de vergüenza, se nos tenía que caer la cara a trozos…

     Muros los hay que no tienen piedra, ni cemento, ni siquiera adobes. Son reales, pero no tienen apariencia física. Reciben diversos nombres, según cómo estén pergeñados: del silencio, de la indiferencia, de la exclusión… que dan lugar a separaciones en la sociedad y en las ciudades. Son barreras muchas veces más difíciles de evitar que las físicos porque no les vale ni el pico y la pala, sino un cambio de mentalidad, sí, cabeza y corazón. Y eso es harto complicado y exige mucho tiempo, demasiado.

     Mi lugar, por ejemplo, antes era todo muy semejante, con casas entre huertas y tierras de cultivo. Cosas había, por supuesto, que separaban, pero también que unían. Ahora han venido urbanizaciones, con parcela y piscina propias, o sea particular. No entrar. Tampoco hace falta que lo digan, con tener la puerta cerrada es suficiente. Y lo está. Tienes que llamar para pasar al otro lado de lo que antes eran todo campo.

     No hace tanto, apenas diez años, iba yo un día atravesando a través, por linderas y senderos, pasando de una finca a otra finca, de un poblado a otro poblado. Era lo habitual. Sin embargo aquel día me salió un seguridad que me dio el alto diciendo ¡dónde va usted! Perplejo le dije que como siempre caminando hacia mi barrio. Y él va y dice que la tierra que piso es propiedad privada. Ya lo sé, le contesté, pero eso no quita para que pueda pasar, que ni valla ni ná me lo impide. El otro con cara seria me dijo que eso se terminó, que aquella tierra ahora era de una gran constructora y que el libre paso se acabó. Pocos días después todo aquello quedó encerrado con una alambrada. Ahora ya no es alambre, es pared, eso sí, disimulada por la hiedra.

     ¿Dijo alguien alguna vez que no se le podían poner puertas al campo? Pues se equivocó. 

     También una pared sirve para adosar algo sobre ella o junto a ella. Por ejemplo, unas tomateras. Así lo ha hecho en su huerta mariajesús paradela.

     Hay muros que obstaculizan. Hay tradiciones que imposibilitan hacer cosa distinta a lo que es usual y recibido de los mayores.

     Hay una filosofía que habla de que todo da vueltas y vueltas, para volver siempre al mismo lugar, o sea, al principio. Los griegos pensaban así, eso dicen. No había salida, todo estaba encerrado en un fatídico e infernal círculo, y por más giros que se dieran, siempre se estaba empezando… y acabando. Eso se llama círculo cerrado. Una obviedad, porque si estuviera abierto ya sería otra cosa. Otros lo llaman círculo vicioso, y no sé por qué, pero es así. Tal vez porque si un niño pregunta por qué no puede hacer eso que quiere la respuesta fuera simplemente porque no. Y ante su insistencia recibiera como única explicación, porque ni tu padre, ni tu abuelo, ni tu tatarabuelo lo hicieron, no vas a ser tú más que ellos. También le podrían decir, yo lo he oído, porque si haces eso la gente te mirará raro, eso no se hace, nunca nadie lo ha hecho.

     Otra cosa era lo que vivían los judíos, ese pueblo milenario que sufrió mil avatares, aventuras sin cuento, aunque lo parezcan, que haciendo eses, subiendo y bajando, dando dos pasos para alante y uno para atrás, fue progresando en la búsqueda de una tierra de promisión, donde serían felices y comerían perdices. Y las comieron, vaya si las comieron, pero de felicidad no creo que alcanzaran mucha, más que nada a juzgar por lo que cuentan en sus anales. Pero eso sí, miraban para adelante con uno de sus ojos, aunque con el otro echaran en falta muchas veces lo que dejaban a la espalda. Pero ellos concebían su historia como una línea, abierta al futuro, susceptible de infinitud. Esto, ya lo descubrieron los matemáticos, que dijeron que una línea no tiene ni principio ni fin; cosa distinta es el segmento, que es un trozo de línea acotada por ambos extremos. Y ojito que me estoy refiriendo a la línea recta; que si fuera otro tipo de línea ya no saldrían las cuentas.

     Matemáticas, historia o filosofía, los judíos no deben saber demasiado, yo creo que más bien poco. A la vista está lo poco que han aprendido de sí mismos, que ahora están repitiendo, por activa por supuesto, lo que antes vivieron por pasiva. Les echaron de aquí, pues ellos echan de allá. Les arrinconaron en ghetos, pues ahora ellos encierran entre muros. Les privaron de suministros, pues ellos también dejan pasar con cuentagotas víveres y medicinas. Les masacraron con gas, pues ahora ellos aplastan con tanques. Y ojito, que no se muevan, que tienen energía nuclear. Y eso son palabra mayores.

     Dejemos las matemáticas y la historia y hasta la filosofía. Yo sé de personas que se dejan encerrar entre paredes. Y también conozco gente que ni emparedándola la encarcelan. Toure y Yankhoba son dos ejemplos que me sirven. Son hermanos por parte de padre, que por allá hay muchas madres aunque no cuenten, y nacidos en Senegal, África, el continente de abajo.

     El mayor vino a España hace ya ni se sabe, puede que más de quince años. Logró salir de allá, nadie sabe cómo, y llegó hasta acá. Y el arrojo que mostró viniendo lo perdería por el camino, porque aquí vive encerrado en sus limitaciones personales y en la pequeñez que se le ofrece. No hace sino mercadillo, aunque tenga que alimentar allá muchas bocas. No sé si es que no sabe hacer otra cosa, o no puede, o no le dejan. Y así está. Comparte casa con otros en la misma situación; aún no ha conseguido sacarse el carnet, y su español es tan deficiente que malamente se le entiende. Malvive, no puedo decir más.

     Yankhoba, su hermano, le pidió venir. Como fuera, entre todos le tragimos. En cuanto llegó se puso en movimiento: aprender el español, estudiar el código de la circulación, conocer geografía e historia del país, leer libros de acá… Es verdad que mucho le ayudamos, pero él se propuso dejarse ayudar, y puso de su parte toda su carne sobre el asador.

     Hace de esto cinco años. En tan poco tiempo ahora conduce por Europa un carísimo camión, contrajo matrimonio con su novia de toda la vida a la que se trajo para acá; compró casa nueva, aunque con hipoteca alta; hizo dos preciosos hijos y tiene frente a sí un futuro, si no seguro -quién lo tiene ahora-, bastante asegurado. Y Astou Pilar e Hibrahim, ya españoles de hecho y por derecho, no tienen por qué repetir historias que otros vivieron, sino que tendrán vida propia, decidiendo lo que tengan que decidir.

     Y es que hay muros que separan y muros que unen; hay personas que se esconden tras los muros y personas que se sienten encerradas entre ellos; y hay seres humanos que por altos que sean los muros con que se topen, saltan por encima de ellos, escarban bajo sus cimientos o recorren medio mundo para darles la vuelta, y lo que pretendía ser obstáculo se convierte para ellos en ocasión de nuevas oportunidades.
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     mariajesús paradela ha limpiado primorosamente sus tomateras. El muro está ahí, pero es ayuda para crecer no barrera que limita. Apoyados en su firmeza los tomates no vencerán a la planta, engordarán y enrojecerán hasta reventar y se hará con ellos una ensalada festiva, que espero de su amabilidad, de mariajesús por supuesto, que nos haga partícipes a cuantos visitamos su lugar y nos deleitamos con sus peripecias junto a caballos, ranas, perros y demás parentela.
     ¡Si aquello parece el arca de Noé…!

Ya no pían

      Los Pájaros, el lugar perfecto para vivir, donde todo es idílico y, sin embargo, nada es lo que parece. Dos familias de la urbanización pasan ese verano de intenso calor entre la monotonía y el aburrimiento, pero la aparición de un pájaro muerto en una de las calles será el detonante para que sus secretos y miedos salgan a la luz.

      Esta es la sinopsis de una peli española titulada Los pájaros muertos. Y lo encontré en la red, que da de todo.

      Nada que ver, sin embargo, con esta foto que mariajesús paradela ha colocado en su blog entre otras, en una sucesión de imágenes tomadas al albur, sin orden y concierto (o con cierta premeditación y una pizca de malévola alevosía), una cierta mañana de este mes de julio.


      Desde el principio no la quise ver; aparté adrede la mirada en el vano intento de «ojos que no ven, corazón que no siente»; y también: aquello que no está a la vista, no existe.

      Pero sí existe, vaya si existe. Es tan real como el cadáver que te encuentras en plena carretera cuando la autoridad competente te hace circular sin prisa pero sin pausa al borde justo de un accidente. Me ocurrió el verano pasado cerca de Valencia, en la trágica A-7.

      Como las escenas del terremoto de Haití, o las del último atentado en Afganistán, o aquellas del metro de Madrid. Reales de toda realidad.

      Como lo que ocurre al otro lado de la cortina, en la habitación del hospital donde te atienden, que una persona de blanco ha corrido para preservar la intimidad o para proteger nuestra sensibilidad.

      La muerte es real. No nos gusta. Nadie habla de ella. Nos negamos a mirarla a la cara, aunque ella a nosotros sí nos observe con descaro.

      Estos pajaritos están muertos. Bah, total unos pájaros…

      No te equivoques: es la sustancia lo que importa. No podemos titular esta fotografía como “Naturaleza muerta”, porque ese rótulo lo tenemos asignado a otra cosa. Menos “Escena de caza”, porque tampoco encontraríamos cazador o cazadora aguerridos que asumieran ser ellos los actores principales. Y de ninguna manera “Consecuencias de la guerra”, porque no procede.

      Y la sustancia, como decía aquel ilustre paleto que me encontré en el pueblo, se refiere a la naturalidad de la muerte. Vida y muerte, muerte y vida son procesos asociados que sólo los humanos disociamos. Y porque hacemos esa separación, antinatura, nos molesta y la evitamos. El título, pues, salvando todas las distancias salvables, bien podría tener que ver con aquello otro de “Y luego dicen que el pescado es caro”.

      De niño veía a mi madre matar una gallina para comérnosla en familia. (Y no quiero narrar cómo era aquello, para no parecer cruel y despiadado. Mi madre no lo era en absoluto). Al carnicero del pueblo llegar cuchillo en ristre para sentenciar al marrano, cuyos despojos nos alimentarían por un año entero. (También me niego a relatar cómo era la matanza en mi niñez). Al pastor dar garrote a la oveja que se partió la pata, porque era lo mejor para todos. (Solía hacerse en pleno campo, porque el pobre animal no iba a llegar nunca por sí mismo hasta la tenada. Omito dar más detalles). Y aprendí que esas muertes eran necesarias, y eran vida.

      Hoy se evitan los mataderos, y los matarifes parecen seres evitables. La pechuga de pollo o el jamón cocido salen de un plástico aséptico que tomamos de una vitrina refrigeradora. El chorizo son unas rajitas como hostias que pone mamá entre el pan, pero a mí me gustan más los bollitos rellenos de chocolate. Y hasta la leche sólo comparte con la vaca la imagen estampada en el brik del supermercado.

      El vecino de al lado ha muerto. Y llegamos, no a su casa, que ya no es lugar; ahora vamos al tanatorio, a las afueras de la villa, con recepcionista amable y servicial, hilo musical, bar, salón del fumador, floristería, aire acondicionado y aromatizado y una cortina opaca que se corre discretamente para que la concurrencia hable sin agobios tras los cristales de la cabina mortuoria.

      Esos pajaritos muertos en el nido me sugieren que todo tiene sentido. Que acertamos si lo encontramos. Y erramos si simplemente nos encogemos de hombros como diciendo: ¡Y a mí qué! ¡Sólo son unos pájaros!

      Si el nido hubiera estado así…


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      …no habría tenido lugar tanta palabrería, ni falta que hubiera hecho. Cenaría ahora mucho más tranquilo y relajado.

La maldición de la higuera



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     Esta breva de la foto es un fruto dañado antes de su madurez. No por ello la higuera dejará de producir ricas brevas y sabrosos higos. De lo contrario, para qué sirve. Ya, diréis: al menos dará sombra. Bueno, sí. Pero no es suficiente. Una higuera como dios manda, debe ser fértil. Lo dice hasta la Biblia.

     Me he puesto a contar, por simple curiosidad, las veces que aparece la palabra higuera en el texto sagrado, y salvo error, que seguro que lo hay, he contado 41. Breva no aparece. Pero higo me han salido 21.

     Como el pueblo judío, al menos el de entonces, todo lo simbolizaba, hasta las hojas tienen un significado.

     Veamos: la higuera aparece muchas veces asociada al olivo y a la vid. Todos juntos y cada uno de ellos por separado, además de expresar la feracidad de la tierra prometida, son referentes del mismo pueblo. La nación entera es representada según en qué momentos por una higuera, capaz de no producir frutos y merecedora de las llamas; por el olivo, que produce aceite y cuyos brotes son los miembros del pueblo firmemente enriquecidos por la savia vivificante; por la viña que el dueño planta con cariño y esmero y de la cual espera el fruto en sazón en el momento oportuno.

     Hay textos en que las hojas de la higuera simbolizan la religión y la justicia amañadas por el ser humano, que se sirve de ellas para tapar sus vergüenzas. Por ejemplo, en la narración primera del Génesis, tras el episodio de la dichosa manzanita.

     En otros, la higuera sirve de modelo del cual aprender: sus brotes tiernos auguran la primavera, pero también el final y completez de los tiempos. Sus frutos malos, que todo se puede ir al traste. Los frutos buenos, el cumplimiento de las promesas y esperanzas hilvanadas a lo largo de toda la historia.

     Particularmente expresivo es este texto:

"Y Yahvé me dijo:
-«¿Qué ves, Jeremías?»
Yo dije:
-«Higos. Higos buenos, muy buenos; e higos malos, muy malos, tan malos que no se pueden comer. »
Entonces vino a mí la palabra de Yahvé, diciendo:
-«Así ha dicho Yahvé, Dios de Israel: Como a estos higos buenos, así consideraré, para bien, a los que fueron llevados cautivos de Judá, a quienes eché de este lugar a la tierra de los caldeos. Pondré mis ojos sobre ellos, para bien, y les haré volver a esta tierra. Los edificaré y no los destruiré; los plantaré y no los arrancaré. Les daré un corazón para que me conozcan, pues yo soy Yahvé. Ellos serán mi pueblo, y yo seré su Dios, porque volverán a mí de todo corazón.»" (Jeremías 24, 3-7)

     Para no cansar, sólo una nota última: la maldición que Jesús dirige de manera tan sorprendente a la higuera que no ofrece frutos, y que narra el evangelio de Marcos:

"Al día siguiente, cuando salieron de Betania, Jesús sintió hambre. Al ver de lejos una higuera con hojas, se acercó a ver si encontraba algo en ella. Pero no encontró más que hojas, pues no era tiempo de higos. Entonces le dijo:
-«Que nunca jamás coma nadie fruto de ti».
Sus discípulos lo oyeron.
. . . . . .
Cuando a la mañana siguiente pasaron por allí, vieron que la higuera se había secado de raíz. Pedro se acercó y dijo a Jesús:
-«Maestro, mira, la higuera que maldijiste se ha secado»". (11, 12-14; 20-21)

     Quienes saben de esto, aplican la imagen a la Iglesia, que siempre debería estar en condiciones de dar fruto y no tiene ningún derecho a argüir que aún no es el momento, que no es tiempo de cosecha. Si no ofrece fruto a quien se acerca a ella, sea en el momento que sea, merece ser maldita.

     Sólo deseo una cosa: que la higuera de mariajesús paradela no se seque, tampoco sea maldita, porque a esa breva la hayan picado los pajaritos.

El nido vacío, sin afán de concursar. Para mariajesús…


     Hasta ahora un nido vacío ha sido para mí sólo un nido vacío. Y no os podéis hacer idea la de ellos que he visto en árboles, matorrales, paredes, a ras de suelo, en linderas, en campanarios, en tejados, incluso entre los sarmientos de mis parras cuando llegado su momento pierden sus hojas y se quedan desnudas… Como cualquiera que mira y observa, ¡cuántos nidos vacíos han pasado por mi vida! ¡Y por las vuestras!

     Sin embargo, esta foto de mariajesús paradela me ha hecho pensar…

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     ¿Sabéis que existe el síndrome del "nido vacío"? Pues sí, existe. Dicen los que escriben que es una experiencia que sufren las parejas que han superado los treinta años de convivencia; su descendencia ya se ha emancipado y vuelvan con autonomía; la casa, grande para toda la parentela, ahora es enorme, y pesa… Y sobran habitaciones, muebles, libros, ropa… Y el tiempo se hace largo y lento. Los relojes siguen marcando las horas: la del biberón de la mañana, la de llevarles al colegio, la de la vuelta de las excursiones, la de la salida nocturna, la de la vuelta que nunca termina de ocurrir, la del primer trabajo, la de la boda… Pero ya da todo igual, porque todo el tiempo del mundo y de la historia es para uno mismo, nadie lo reclama.

     Esa ausencia, con harta frecuencia, se colma con otra ausencia. Alguna de las dos partes no soporta lo que vive y parte lo que hasta entonces compartía, y también parte en busca de otros sabores, otros olores, otras sensaciones… La cama solitaria, el cubierto y el plato en la mesa, la casa que encuentras tal cual la dejaste cuando te marchaste. Nadie te dice ya apaga la luz, tira de la cadena, caliéntame el desayuno, mañana te llevo al dentista, se nos rompió la lavadora, voy a sacar las entradas para el teatro, dónde vamos a ir este año de vacaciones, lávate bien la boca que te huele el aliento, aviáte que la marrana está para parir…

     También se da que se prepara el nido, como una pajarita que tuve hace ya muchos años, ella sola se satisfacía colocando plumitas, palitos, algodoncitos en un primoroso nido que nunca compartiría, que tampoco nunca utilizó. ¿Es esto también síndrome de vaciedad nidal? ¡Qué se yo! Poner casa propia para ti mismo, para ti solo, pero con la esperanza de que vengan y te acompañen y puedas ofrecerles y ellos te agasajen… Y vengan o no vengan, cuando cierras la puerta por la noche, no se te ocurre decir qué bien, al fin solo; sino, otro día más…

     Nido sugiere calor, afecto, acogida, despedida, vela, refugio, seguro de vida, gente que espera, alguien piensa en mí…

     Llegado a este punto, no puedo sino hacer memoria agradecida de un cierto nido en el que fui invitado a participar en una época de mi vida en la que todo para mí era nuevo y tenía tantas cosas por estrenar. Ya lo relaté en este blog hace un tiempo. Ahora lo vuelvo a recordar, y me embargan los mismos sentimientos que entonces. ¡Ojalá nadie se vea privado alguna vez en su vida de una experiencia como aquella que yo tuve!

     Mucho ha llovido y escampado desde entonces. Otros nidos me han sido ofrecidos y regalados.  Alguno también he sido capaz de organizar y proponer. En todos ellos he vivido, disfrutado, penado.  El que ahora habito tal vez algún día llegue a estar vacío del todo, pero de momento no, y aunque no soy precisamente unas "castañuelas", cama-luz-lumbre-café-y-algo-más se ofrece sin condiciones para quien lo quiera o lo necesite.

     Gracias mariajesús paradela por hacerme este favor. Como te dije en un comentario, a veces qué cruel es la naturaleza; pero también es verdad que cuando te toca la suerte, ¡su generosidad no tiene medida!

Para qué ir a los Pirineos



Para pasear



Para contemplar puentes rotos



Para ver torrentes



Para admirar cascadas



Para contemplar el bosque




Para disfrutar de más cascadas



Para descubrir cascadas de ensueño



Para admirar embelesados filigranas de agua



Para ver montañas, bosques y praderas



Para atravesar torrentes que caen de la montaña



Para ver puentes de hielo sobre los arroyos



Para mirar ese hielo en pleno verano




Para indagar de dónde cae tanta agua



Para averiguar por dónde se puede atravesar un torrente



Para intentar atravesarlo y no morir en el intento (perdón, quise decir "no mojarse")



Para caminar en compañía cuesta arriba



Para seguir caminando en compañía también cuesta abajo



Para sacarse una afoto -parcial, que falta el fotero y narrador- y poner sonrisa políticamente correcta (en tanto alguna que yo me sé retoza en la fresca hierba)



Para recorrer bosques mágicos



Para pisar prados inmensos




Para ver una flor



Para ver cuatro flores



Para contemplar esto, que no sé si es flor o es cardo



Para gozar mirándolas



Para sentirse pequeño, pequeño de verdad



Para llevarse a la boca algo dulce (no importa que haya que agacharse para contemplarla y para arrancarla suavemente)



Para enterarse de que existen amapolas amarillas



Para aprender a no tener prisa, y que paso a paso se llega siempre-siempre



Para ver animales domesticados



Para ver animales salvajes. Es un decir




Para pillar a toda la familia al descubierto



Para sacarse una foto con ese fondo tan bonito. Es el barranco de La Tormosa, senda que a modo de terraza por encima de los 1900 metros de altitud recorre esa parte sombría del Valle de Pineta. También es llamado barranco de la cuevas, por las numerosas oquedades de roca y hielo que existen en sus inmediaciones.


Durante la primavera la nieve blanda cae en aludes desde lo alto de la montaña hasta el fondo del valle, formando grandes conos. Son neveros que perduran hasta bien entrado el verano. El agua del torrente sigue cayendo sobre el vértice superior, formando una cavidad en el interior; la nieve deshecha sale por la parte inferior hasta llegar al río principal. En este caso el Cinca.


Esa gruta horadada en la nieve por el agua de la cascada adquiere a veces dimensiones ciclópeas. Es un espectáculo verlo desde fuera. Pero a veces, gentes desconocedoras de la montaña piensan que es un juguete inofensivo, que está ahí precisamente para malgastar las energías que son incapaces de utilizar subiendo montañas o paseando bosques. Llegan con el coche hasta allí mismo y se desmelenan.


Y entonces ocurre que se cumple que al Pirineo se puede ir también para morir, aunque no está bien ni el momento, ni el lugar.



Ese hielo que se ve amontonado en la entrada de la cavidad se desprendió de su interior cuando un grupo de 8 jóvenes inexpertos se adentró en la cueva y ya dentro de ella se pusieron a dar voces. El eco produjo el desprendimiento. Resultado: dos muertos y tres heridos graves. Es nieve, pero en ese montón hay muchas toneladas.
Esto ocurrió el pasado día 10 de junio de 2010

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