De “ya no te quiero” a “donde hay amor, allí está Dios” (Cfr 1ª Juan)



Peña Lara
No empecé demasiado bien este mes de mayo, pero a poco me fui entonando. Al compás de las cosas que he vivido en estos días pasados, y más en concreto por la manera como las he soportado, puedo afirmar sin mentir que mayo no traerá buena cosecha en grano, pero no deja mal sabor de boca. Y eso que hay dos gestos, precisamente en los últimos días, que han encrespado a la inmensa mayoría: la pitada al himno nacional en la final de la copa del rey y no quitarse la gorra tras quedar tercero en el giro de Italia. Lo primero fue obra de las hinchadas del barça y del atleti; lo segundo, de un tal mikel landa. No me han hecho perder la compostura, pero sí me han molestado.
Como también me han molestado manifestaciones de personajes de la política tras las votaciones del pasado domingo. No han conseguido asustarme, por más miedo que avisaren.
Otras cosillas se han dado, pero ni merecen citarse. Allá cada cual con el resquemor que acumule; si no sabe cómo liberarse de él, siempre puede encontrar algún manual de autoayuda, que hay cantidad y de balde.
El caso es que termina mayo con una fiesta que no recibe la atención y el eco que merece, la Santa Trinidad. Eso está claro que es normal en una sociedad que además de no confesional está convencida de haberse liberado de cualquier lazo religioso. Lo anómalo es que precisamente hoy no se notara más significativamente entre quienes debieran sentirse implicados.
Pelillos a la mar. Yo por mi parte he encontrado esto, que me parece colocarlo para deleite y reflexión, también para anuncio y proclama. Ojala haya muchos que al leerlo se sientan reflejados.

Bienaventuranzas de la misericordia
de Miguel Ángel Mesa Bouzas

Felices quienes han comprendido que la Divinidad está más allá de los nombres, las imágenes, las afirmaciones de la fe. Pero la sentimos: nos mira, nos respira, nos envuelve.
Felices a quienes cada mañana les despierta el mismo sol y les acuna por la noche la luna de siempre y en ello comprenden que el Dios de la Vida se mantiene día y noche cuidándonos, esperándonos. Quienes han llegado a descubrir que es como un Padre lleno de bondad, ternura y misericordia, con un corazón de Madre.
Felices quienes ayudan a los demás a descubrir lo que han vislumbrado bajo la inmensa luz del misterio de Dios Padre y Madre, e intentan expresarlo con profunda humildad, desde sus palabras y, sobre todo, con sus hechos diarios.
Felices quienes se han dejado impregnar por la Buena Noticia de Jesús, el deseo del Reino de Dios, es decir, la construcción de una sociedad que no esté basada en el dinero, en el poder, en el dominio de unos sobre otros, sino en la igualdad y la fraternidad.
Felices quienes experimentan como Jesús, la cercanía, la presencia y la íntima certeza de un Dios-todo-bondad que nos fortalece, anima y acompaña en el sendero de la vida.
Felices quienes se comprometen, como lo hizo Jesús, en curar, aliviar, liberar, integrar y dar valor a cada persona con la que nos encontremos, especialmente con las más marginadas y humilladas a las que debemos salir al encuentro.
Felices quienes creen que el Espíritu de Dios es la fuerza, el aliento, la audacia y la profecía para emprender cada día una nueva vida.
Felices quienes ven las señales del Espíritu en cualquier signo que muestre semillas de fraternidad, de ternura, de acercamiento, de superación del sufrimiento, de paz.
Felices quienes gozan al contemplar el Espíritu de Dios que se cierne sobre los océanos, las montañas, los animales, las flores y sobre el ser humano, que llegan a ser ellos mismos en profundidad cuando se dejan amar por Él entre las sábanas del alma.
Felices quienes descubren que la Trinidad no es un misterio incomprensible, sino la cotidiana experiencia del Amor, desde una vida encarnada en nuestra historia, con un respiro, un ánimo y una pasión especial por seguir viviendo cada día con los mismos sentimientos de Jesús, junto a tanta gente en toda nuestra tierra que trabaja por otro mundo más fraterno, justo y solidario. Es el espejo que nos muestra cómo debe ser y comportarse la mejor comunidad.

Mayo mariano



Esta mañana cambié la ruta del paseo y anduvimos entre la colegialidad que iba gozosa y enflorecida a sus deberes. Si ellos van a hacer su ofrenda, también yo, que ni la he mencionado en todo el mes, debería hacerla. Y en ésas estoy, aunque sea el penúltimo día. Bien que me gustaría ser original, pero de María se ha dijo, escrito y pensado tanto, que qué más añadir. Sólo me brota del pensamiento y de los labios una plegaria.
Sin embargo ya tengo puestas demasiadas, aunque nunca debieran ser suficientes. A mayor oferta, más posibilidades y alternativas, que cada quien tome lo que le convenga.
Buceando por la estratosfera he tenido la suerte de encontrarme un tesoro. Unas homilías, entonces se decían sermones, que predicó Karl Rahner en 1953 en la iglesia de la Santísima Trinidad de la Universidad de Innsbruck durante el mes de mayo. Tranquilos, no pienso publicarlas, aunque merecería la pena. Se pueden adquirir en Herder, “María, madre del Señor”, a un precio asequible. También están en internet, pagando y sin pagar.
De una de estas homilías entresaco estos párrafos que me parecen suficientemente expresivos y explicativos de por qué y cómo honrar a María en el mes que tradicionalmente se le dedica. No son plegaria, pero concluyen en Amén. De modo que bien pudieran servir para un momento de reflexión meditativa.

Virgen con Niño. Díptico de la Virgen con Maarten van Nieuwenhove, de Hans Memling. Museo Memling, Brujas, Bélgica


Cuando celebramos el mes de mayo podemos decir: estamos celebrando una concepción cristiana de la existencia humana; podemos decir que la celebramos como la palabra de Dios pronunciada sobre nosotros mismos; que celebramos una concepción gloriosa de nuestra propia existencia. Pues no consideramos al hombre solamente como ser problemático y frágil situado entre los dos abismos de la nada; no lo consideramos solamente como el hombre de la angustia y de la necesidad, pues hablamos de María y la proclamamos bendita y gloriosa, y al decir esto, en definitiva decimos también algo de nosotros mismos.
Cuando celebramos el mes de mayo pedimos la ayuda de toda la naturaleza para proclamar al hombre como imagen de Dios, para decir de él que es el redimido, alguien a quien Dios ha llamado a vivir su propia bienaventuranza. Celebramos y anunciamos la idea cristiana del hombre. Y somos –si es que en realidad queremos serlo– modernos, cuando exponemos las antiguas y santas verdades que hemos confesado siempre; somos en realidad modernos cuando caemos de rodillas y oramos: y el Verbo se hizo carne, nacido de la Virgen María.
Nuestras reflexiones nos dicen además: nos pertenecemos los unos a los otros. Todos participamos en la carga y en la felicidad, en el peligro y en la salvación de cada uno de los otros. Y por eso nos reunimos en esta santa asamblea. Una asamblea que ora, que canta, que escucha la palabra de Dios no es solamente la reunión de individuos aislados, no es solamente una multitud de individuos atomizados que, movidos por una última angustia de su salvación, se agrupen aquí por razones meramente prácticas, para intentar después llevar a cabo solos su propia salvación.
Somos una santa asamblea, que alaba a Dios, al proclamar la gloria de la Virgen santa porque dependemos, en nuestra salvación, de esa misma Virgen y Madre de Dios. Somos una comunidad santa que en realidad forma un bloque compacto y por consiguiente se reúne conjuntamente; una comunidad que, en la unidad, experimenta gracia de aquel que Dios nos ha dado por la obediencia y por la carne bendita de la santísima Virgen. Somos los llamados desde la perdición y el abandono del individuo, a la unidad del amor y de la gracia de Dios.
Por tanto, deberíamos vivir estas verdades constantemente, todos los días. No podemos orar aquí en común, si cuando salimos no nos entendemos los unos con los otros, en el amor, la fidelidad, soportándonos mutuamente con paciencia.
El culto a María es, por tanto, algo que desde sus más profundas raíces tiene relación con el amor al prójimo. De modo que no existe ninguna mariología que pueda ser importante y tener algún sentido para nosotros, si no es verdad que cada uno es responsable también de la salvación de su hermano, y que puede y debe actuar en su favor por medio de la oración, el sacrificio y la ayuda personal.
Por ser esto verdad, María se nos presenta no solamente como la madre de nuestro Señor, sino también como nuestra madre. Y porque esto es así, estamos nosotros aquí reunidos y queremos volver a alabarla en estos días con toda la alegría de nuestros corazones.
Una alabanza semejante es, en definitiva, una glorificación del Dios eterno, ese Dios que en su Verbo hecho hombre se ha acercado a nosotros al nacer –encarnado– de la Virgen María. Amén.

Genio y figura



Tesis suya es que el ser humano es imagen, sólo imagen, aunque está llamado a alcanzar la semejanza con su hacedor. Tiene otras, como que no hay que entender el mito, que pretende codificar en narración las constantes humanas desde una visión histórica y cultural, como un texto teológico, y por tanto fundante e inamovible. El autor, un belga muy docto, André Wénin, analiza el comienzo del Génesis, el primer libro de la Biblia, y trata de convencernos, porque él mismo ya lo está, de que hubo un momento en que se empezó a leer torticeramente un texto bíblico que ha traído mucha cola para la universalidad humana. Se refiere concretamente a este:
Dijo luego Yahvéh Dios: “No es bueno que el hombre esté solo. Voy a hacerle una ayuda adecuada.” Y Yahvéh Dios formó del suelo todos los animales del campo y todas las aves del cielo y los llevó ante el hombre para ver cómo los llamaba, y para que cada ser viviente tuviese el nombre que el hombre le diera. El hombre puso nombres a todos los ganados, a las aves del cielo y a todos los animales del campo, mas para el hombre no encontró una ayuda adecuada. Entonces Yahvéh Dios hizo caer un profundo sueño sobre el hombre, el cual se durmió. Y le quitó una de las costillas, rellenando el vacío con carne. De la costilla que Yahvéh Dios había tomado del hombre formó una mujer y la llevó ante el hombre. Entonces éste exclamó:
“Esta vez sí que es hueso de mis huesos
y carne de mi carne.
Esta será llamada varona,
porque del varón ha sido tomada.”
Por eso deja el hombre a su padre y a su madre y se une a su mujer, y se hacen una sola carne. (2, 18-24)

Tras una explicación y argumentación detallada, conviene en afirmar que ni la mujer procede del varón, ni es inferior a él, y, lo que es no menos importante, que de ese texto no se deduce la sacralidad del matrimonio tal como ha llegado hasta nosotros.
Muy interesantes resultan sus palabras, publicadas en la revista Ètudes con el título “Homme et femme en Genèse. Des différences fondatrices?” Yo las tengo traducidas y condensadas, que es mucho más cómodo.
Si hablo de él es porque empieza hablando de cómo el libro sagrado describe la creación del ser humano. Dice así: “«Hagamos al ser humano a nuestra imagen, como semejanza nuestra, y domine en los peces del mar y en las aves de los cielos, y en las bestias y en todas las alimañas terrestres, y en todas las sierpes que serpentean por la tierra». En estos términos piensa el creador (elohîm) a la humanidad. Él la sitúa a medio camino entre él, del cual será imagen, y los animales que dominará. Y la narración sigue: «Elohîm creó al ser humano a imagen suya, a imagen de elohîm le creó, macho y hembra los creó». Notemos –continúa– que la primera intención no se lleva a cabo del todo. «Hagamos» es sustituido por «creó»; la expresión «a imagen de» se repite y la «semejanza» desaparece; lo humano pasa de ser primero singular a convertirse en un plural vinculado al «macho y hembra» y esta expresión lo emparenta con los animales que, por orden divina, deberá dominar sometiendo la tierra”.
Esto es que somos imagen de quien nos crea, pero no semejanza, o por lo menos eso no se dice. Luego sigue argumentando para terminar concluyendo que lo de “semejantes” propiamente es una potencialidad que tenemos todos y que está en nosotros desarrollar hasta su máximo a nuestro alcance.
Y ahí es donde reside el enigma de la fotografía que he puesto al comienzo de este escrito. Es mi abuelo materno, del que ya he hablado aquí alguna vez. Siendo yo “su imagen”, porque soy nieto suyo, he devenido en el tiempo a “asemejarme” a él, después de haber sido muy diferente a lo largo de mi vida. Hasta tal punto que, si borro con fotosof la escopeta, y le sobrepongo una camisa y vaqueros, soy su viva imagen.
No había caído en la cuenta de mi enorme parecido con mi abuelo Marceliano hasta que hablando los tres primos mayores en un reciente encuentro familiar, me hicieron caer en el detalle. Lo pasaron muy bien los otros viendo mi perplejidad.
Lo del genio no ha evolucionado, fui así desde el principio. No sé si la Biblia tiene algo que decir sobre ese particular. André no lo trata.

Mis dedos ya no son lo que fueron


Mi rosario tal cual salió de mis manos en 1961

N(M)i mis ojos, ni mis piernas, ni siquiera mi cabeza. Es lo que tiene la edad, que vas perdiendo facultades y te haces viejo. No es que sea malo, pero jode. Como dije el domingo pasado a mi gente, antes de ungir a quienes lo pidieron: la juventud es una enfermedad que se cura con el tiempo, y la ancianidad no es enfermedad, pero constituye una etapa de la vida en que te van llegando sin que las llames.
Este es mi caso.
En un desgraciado accidente, perdí una parte de mi rosario. Si fue culpa de Berto, o de Gumi, o mía, o de los tres a prorrateo, en un golpe de fuerza, el rosario que iba rezando durante el paseo vespertino se enreató con los ramales y se rompió por lo más débil, el sitio menos oportuno, saliendo desprendidas la cruz y unas cuentas disparadas qué sé yo dónde.
La de veces que recorrí aquel tramo de paseo con los ojos sabuesoness por encontrar la parte perdida. Pero, a pesar de no ser más que unos pocos metros, no hubo manera.
Recompúselo entonces como mejor pude, adosando a mi rosario un crucifijo que me vendieron las monjas del santuario de parte de papa Francisco. Y hasta hoy.
Como por casualidad, –que no, que lo busqué adrede–, encontré en mi baúl de los recuerdos unas cuentas algo mayores, pero muy semejantes, con algo de aquella cadeneta que hacía a mis trece años con tanto primor. A duras penas lo he engarzado todo ello, dando como resultado un híbrido que no resulta ninguna maravilla, pero tiene un pasar.
Mi rosario a fecha de hoy, tras la reparación
Mucho he tenido que afanar para obtenerlo, porque ni tengo herramientas adecuadas, ni mis ojos ven lo que veían, ni mis manos son ya aquel dechado de habilidad que me caracterizó. En fin, que esto es lo que hay.
No parece, sin embargo, que a la ex-jueza Carmena la vejez le esté pasando factura. Muy ágil la noté la otra noche, y muy fresca y muy lozana. Nada que ver con la tal Aguirre, que cada vez que la veo me parece más vieja, más seca y más ruin.
Tiene razón el presidente de mi comunidad autónoma, señor Herrera: hay que dejar paso a los jóvenes, en edad, en espíritu, en alma.
Las personas viejas ya no tenemos reflejos, ni ganas de adaptar nuestro paso, ni ideas, ni capacidad de raciocinio. Por eso me asombra papa Francisco, como también aquel otro, José Mugica, o como esta otra de aquí, la señora Manuela Carmena.
Chapó, señora, gusto en volverla a saludar.

Ruaj, viento huracanado, brisa apacible, ¡que igual da!



Hoy era su día. Mejor dicho, el nuestro, porque a su ritmo hemos estado celebrándolo. Ha sido una auténtica fiesta. ¡Pentecostés!*
Y puesto que es don y vigor, lo hemos aprovechado lo mejor que hemos sabido y podido. Una larga hilera de personas, de edades y condición muy variada, se ha acercado para ser ungidas. Y sobre ellas he puesto mis manos y he signado sus cabezas y sus manos, como manda el ritual, impetrando y confiriendo, así es nuestra fe, la sanación integral.
Puede que también se de la salud física, puede que sólo sea suficiente el ánimo y la compañía para llevar la enfermedad con entereza, puede, qué se yo, que incluso les llegue a quienes por profesión y vocación tienen la misión de cuidar de nosotros, los enfermos de miles de dolencias, conocidas, sospechadas o temidas. Un misterio de la vida, que hace tan frágiles a los seres humanos cuando nos querríamos comer el mundo.
También pedimos sabiduría, entendimiento, consejo… incluso santo temor de Dios. Pero sobre todo, salud. Porque mientras haya salud, lo demás ya irá viniendo.
Bien les advertí antes de que en nuestra mano está prevenir, cuidarnos, mantenernos en forma… Pero allí estaban, como unos más, dos guajes de apenas diez años que también solicitaban el sacramento. Sus madres aseguraron que estaban debidamente informados de lo que estaban pidiendo, y –quién soy yo para juzgar–, también los ungí y comuniqué el don de la salud.
No sé si algunas personas, a la vista de las indicaciones sobre nutrición, alimentación y dietética que dan en las mañanas de la tele, pensarán no enfermar nunca y vivir para siempre. Tal pretensión está fuera de nuestras posibilidades. Lo que sí está claro, al menos para mí, es que casi la mitad de mi gente se considera necesitada, aunque se les vea aparentemente sanos. Ya digo, un misterio.
Un misterio saludable, en mi opinión, que nos aleja de caer en la altanería y dejar que sea esa ruaj*, o aquel viento huracanado, o esta brisa suave, que así se explica la Sagrada Escritura, expresión de la presencia del Ser que nos funda y en el que somos.
Coincidiendo con esta fiesta, festejamos también nuestro derecho y nuestra responsabilidad política votando. Que nadie venga a decirme que no revuelva la cosas y que las distinga; no soy capaz, tampoco quiero. Yo jamás diría, como he oído que ha dicho un alto cardenal* de la Iglesia Católica, que alguien que ama a los pobres puede que sólo lo haga por ideología y no por fidelidad al Evangelio. Creo que estoy escuchando las carcajadas de Óscar Romero, que, desde el cielo donde se aloja hace treinta y cinco años y dos meses, me llegan como una suave corriente de aire… consolador*.
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Pentecostés, del griego Πεντηκοστή (ημέρα), Pentekosté (heméra) ("el quincuagésimo día") describe la fiesta del quincuagésimo día después de la Pascua y que pone término al tiempo pascual. En Pentecostés celebra la Iglesia la venida del Espíritu Santo y el inicio de sus actividades.
Ruaj: del hebreo antiguo רוח, y este del protosemítico *rū- (soplar). Viento, aire, brisa, hálito, aliento, soplo. Expresado en griego como πνεμα, es traducido en castellano como espíritu.
Cardenal Amato en la ceremonia de beatificación de Monseñor Romero en la Plaza de Cristo Salvador de San Salvador: “Su opción por los pobres no era ideológica, sino evangélica. Su caridad se extendía también a los perseguidores”.
En el Evangelio de San Juan 14, 16, Jesús promete a sus discípulos que les enviará el Espíritu Santo, a quien se refiere con la palabra "Consolador".

Tres personas distintas



Por esas casualidades de la vida, son de actualidad tres personas que pertenecen al “estamento” de la Iglesia Católica, me refiero a quienes están del otro lado de los simples mortales, el pueblo llamado “fiel”.
Óscar Romero, asesinado hace treinta y cinco años, fue arzobispo de El Salvador y desde entonces nadie duda que es santo, y vive resucitado en el pueblo por el que murió. Ahora le van a declarar beato. En fin, nunca es tarde, pero a buenas horas…
Teresa Forcades, religiosa benedictina además de profesional de la medicina, surgió en público poniendo en evidencia el fraude de la industria farmacéutica con motivo de una vacuna contra la gripe. Tengo entendido que ha dado muchas charlas y conferencias sobre bioética, teología y ahora dicen que cuestiones políticas.
Lucía Caram, también religiosa pero dominica, que lleva a cabo una encomiable labor en favor de personas desfavorecidas, y que es habitual en los medios de comunicación.
De Romero tengo suficiente conocimiento, porque en vida seguí su derrotero vital de los últimos años. Lloré con su asesinato, y lloré aún más con el silencio ominoso de la Iglesia oficial y extraoficial de entonces. De Teresa y Lucía apenas sé lo que dicen en periódicos y publicaciones.
Puesto que ahora son de actualidad, me gustaría decir algo personal sobre sus personas. Sin embargo, ¡qué oportunidad!, se me han adelantado ofreciéndome la ocasión de callarme. Lo acaban de publicar en sus respectivos blogs, y yo sólo copio y pego. Y firmo, si me lo permiten, porque coincido con ambos, con Lamet y con Pikaza.

Beato Romero, de Xabier Pikaza



Así quiero recordarte, Óscar Romero, treinta y cinco años después de tu muerte, sentado y cercano, con traje negro de cura-obispo. No ibas para Beato, no había hecho carrera para obispo mártir, ni te habías preparado para hablar de la justicia como hablaste... Pero te tocó y lo hiciste.
Las circunstancias te pusieron en la brecha, y fuiste voz de evangelio, día a día, en la vida muerte de tu pueblo, encontrando la palabra y el gesto adecuado en cada circunstancia. Habías nacido para otras respuestas, pero escuchaste las nuevas voces doloridas de tu pueblo y supiste encontrar la voz de la Justicia, la justicia del Dios de Jesús para tu gente.
Eras en el fondo muy tradicional, te gustaban las capillas piadosas, el rezo intenso de la gente, sin mezclarte en cuestiones que parecían simplemente materiales... pero los intereses materiales golpearon y mataron a tu pueblo, y tú supiste llegar al fondo de las almas, hasta la verdad de Jesús, con la voz del evangelio.
Y la inmensa mayoría de tu pueblo te sintió cercano: por tu manera de sentirte y ser iglesia, por tu forma de ser pueblo. Por eso te quisieron los más pobres de los pobres de tu pueblo, sintieron que eras de ellos, que estabas con ellos, siendo de Dios.
No te querían los jerarcas de la buena sociedad organizada, los jefes de las armas, ni los grandes del dinero y del comercio para algunos. Dijeron que eras enemigo del orden, amigo de revoluciones peligrosas... y hasta Roma llegaron las voces y escritos de tus acusadores. Y en la misma Roma te tuvieron miedo y quisieron silenciarte los dueños casi eternos de una Curia llamada Vaticana: Te humillaron cuando fuiste, te quisieron expulsar del obispado, querían que callaras (quizá los mismos que ahora te dicen Beato).

El mismo "Santo Padre" fue duro contigo, como si debiera vigilarte, como si tuviera que ignorarte y después marginarte cuando fuiste a verle (en mayo de 1979, diez meses antes de tu asesinato). Lo recuerdo muy bien, hasta creo que tengo por ahí algún escrito de aquel tiempo. Se decía que Roma quería apartarte, poniendo en tu lugar un "administrador apostólico", porque no eras un hombre del sistema, una "figura" apropiada para aquel momento (es decir, para los dueños de un poder sangriento).
No voy a remover papeles, pero los que tenemos cierta memoria y un poco de edad sabemos recordar. Sé que volviste muy triste de Roma, y que el Papa (hoy ya santo) no quiso o no pudo entenderte. No te condenó porque era puro evangelio lo que tú decías y hacías, pero no se puso de tu parte.
Y así mataron los "poderes militares" al servicio de un sistema de dominio económico, pero te dejó morir una Iglesia aliada al sistema, una Iglesia que ahora se dice orgullosa de ti, todos buscando un lugar en tu foto de gloria.

Han pasado los años, y algunos piensan que las cosas ya se han olvidado, pero muchos que éramos entonces ya "mayores" recordamos, y nos alegramos de que te digan Beato (¡no te hacen, ya lo eres, beato y santo!). Nos alegramos, pero nos alegraríamos más si se dijeran las cosas en verdad, si cambiara la visión del conjunto de la Iglesia...
Ciertamente, tu Papa Juan Pablo II, viajando por tu tierra tres años más tarde, el 1983, quiso entrar en tu catedral inacabada, para orar ante tu tumba, para decir entonces que habías dado la vida por "amor a Dios y servicio a tus hermanos". Era quizá tarde, pero fue hermoso que lo hiciera, y es hermoso que la Iglesia Universal, a través del Papa Francisco (a pesar de la oposición de muchos, dentro y fuera de la Iglesia) haya querido nombrarte Beato, no simplemente por tu muerte en defensa de la fe, sino en defensa de la justicia.
Las tres imágenes que comentan esta postal se las debo a Rosa Quinta, que las ha "colgado" amablemente en mi Facebook, donde podrá verlas quien quiera. Gracias Rosa, te debo este gesto, y el cariño que tienes por Romero.

Tres años de verdad

Le asesinaron hace treinta y cinco años (24. 03. 80), después de tres de pasión con su pueblo y como su pueblo de El Salvador. Su "vida pública", como arzobispo de la capital (San Salvador) duró tres años, como la de Jesús y no dejó a nadie indiferente.
Unos le consideraban un profeta, un mártir, un luchador por la paz y el diálogo, un hombre de Iglesia.
Otros, en cambio, le vieron como un simple revolucionario, un agitador de masas, un político frustrado que promovía la crispación, un personaje en busca de notoriedad social.
Y así le mataron los políticos e ideólogos de un orden imperial capitalista. Su rostro amable, esculpido en piedra, entre D. Bonhoeffer y M. Luther King, en la abadía de Westmister, Londres, invita a mantener la esperanza contra toda desesperanza (cf. Imagen).
El recuerdo de su asesinato, unido nuevamente al de Jesús, proclama la certeza y la fuerza de un amor y una justicia que es el rostro de Dios sobre la tierra.

Experiencia fundante.

Ciertamente, Romero se había preocupado siempre por los pobres, pero de un modo general. Pues bien, unas semanas después de haber sido nombrado arzobispo de San Salvador, el 22 de febrero de 1977, uno de sus buenos amigos, que trabajaba mano a mano con los pobres, Rutilio Grande SJ, fue brutalmente asesinado por los escuadrones de la muerte.
Ese asesinato despertó su conciencia cristiana y marcó desde entonces su vida.
En los meses y años que siguieron a la muerte de Grande, fueron asesinados muchos sacerdotes, religiosas y agentes de pastoral. Entre ellos había religiosas como Dorothy Kazel, Ida Ford, Maura Clarke, y trabajadores laicos como Jean Donovan, que fueron asesinados el 2 de diciembre del 1980. Estas muertes tuvieron una gran repercusión pública, pero hubo también muchos catequistas, organizadores de asambleas de trabajo, periodistas, estudiantes, personas vinculadas al servicio médico y más de tres mil campesinos, que eran asesinados cada mes. Ellos deben ser añadidos a la lista de los iconos de justicia, aunque sus muertes hayan sido en gran parte desconocidas, no reconocidas y no publicadas. A través de estos injustamente asesinados, Romero se encontró en el centro de una guerra dirigida en contra de los pobres.

Metáfora central

La metáfora central que configuró la visión espiritual del Beato Romero fue Cristo crucificado y el pueblo crucificado de El Salvador, como él mismo decía:
Cada vez que miramos a los pobres… descubrimos el rostro de Cristo… El rostro de Cristo se encuentra entre los sacos y cestas de los trabajadores del campo; el rostro de Cristo se encuentra en aquellos que son torturados y maltratados en las prisiones; el rostro de Cristo está muriendo de hambre en los niños que no tienen nada que comer; el rostro de Cristo está en los pobres que piden a la Iglesia, con el deseo de que su voz sea escuchada
El Cristo crucificado iluminó su vida, hasta que el 24 de Marzo de 1980, dentro de la iglesia del Hospital de la Divina Providencia, le dispararon y mataron mientras celebraba la misa. 

Teología operativa.

El eje principal en torno al cual giró la vida de Romero fue la vida, muerte y resurrección de Jesucristo. En esa línea, él creyó que había sido llamado a “sentir con la iglesia”, especialmente en la medida en que ella sufre en el mundo.
Romero creía que la misión de la Iglesia consiste en proclamar el Reino de Dios, que es el reino de “la paz y la justicia, de la verdad y el amor, de la gracia y de la santidad… para conseguir un orden político, social y económico que responda al plan de Dios” . (R. Brockman, The Word Remains: A Life of Oscar Romero, Orbis Books, Maryknoll NY 1982, 5).
Él afirmaba que el Reino de Dios está muy cerca y pedía a los hombres y mujeres que se arrepintieran y abandonaran la violencia, si es que querían entender las buenas noticias del evangelio y salvarse. Romero hablaba en contra de las estructuras que nacen y crecen a través de “la idolatría de la violencia y de un tipo de justicia absolutizada, dentro del sistema capitalista de la propiedad privada, que justifica el poder políticos de los regímenes de seguridad nacional” (cf. Oscar Romero, “La voz de los sin voz”, UCA, San Salvador 1980).
Una vez le visitó un funcionario eclesiástico y le hizo saber que sus modestas habitaciones, en el Hospital de la Divina Providencia, no eran “adecuadas” para un arzobispo. Él estuvo de acuerdo y le explicó que, dado que la mayoría de sus fieles vivían en chozas de cartón, sus habitaciones resultaban comparativamente demasiado lujosas. Para Romero, la conversión significaba abrir la propia vida a los pobres, viviendo en solidaridad con ellos, no como alguien superior que les da limosnas, sino como un hermano o hermana que camina en solidaridad con ellos.
Él insistía en que “una Iglesia que no se une a los pobres, a fin de hablar desde el lado de los pobres, en contra de las injusticias que se cometen con ellos, no es la verdadera Iglesia de Jesucristo”.
Algunos percibían esa actitud como una deformación de la misión de la iglesia y como una contaminación de la iglesia con la política, pero Romero contestaba:
La Iglesia ha de ocuparse de los derechos del pueblo… y de la vida que está en riesgo… La Iglesia ha de ocuparse de aquellos que no pueden hablar, de aquellos que sufren, de los torturados, de los silenciados. Esto no implica dedicarse a la política… Seamos claros. Cuando la Iglesia predica la justicia social, la igualdad y la dignidad del pueblo, defendiendo a los que sufren y a los que son amenazados, esto no es subversión, esto no es marxismo; ésta es la verdadera enseñanza de la Iglesia .
Ciertamente, Romero se enfrentó de lleno con los desafíos políticos de su tiempo, él no fue simplemente un activista social, sino también un hombre de honda oración y meditación, que le ayudaron a mirar más allá y debajo de la superficie de los acontecimientos, descubriendo las verdades más profundas de la realidad.
A menudo, él suspendía las discusiones más intensas y acaloradas con sus consejeros, a fin de orar sobre las decisiones que debían tomar. Romero supo que sin Dios no es posible alcanzar la verdadera liberación. 
Él fue un testigo de que la justicia debe ocuparse de las dimensiones históricas de este mundo, pero nunca perdió de vista la dimensión trascendente de la liberación. En esa línea, él afirmaba siempre que sin Dios no puede hablarse de liberación. Ciertamente, “sin Dios se pueden alcanzar algunas liberaciones temporales; pero las liberaciones definitivas sólo pueden alcanzarlas los hombres y mujeres de fe” .

Contribución a la justicia.

A lo largo de su vida, Romero intentó que la sociedad no cayera en manos de la pura violencia. Pues bien, después de su muerte, la nación de El Salvador se vio envuelta en una guerra civil en toda regla. Según los cálculos más conservadores, esa guerra llevó a la muerte a más de setenta y cinco mil personas, aunque son muchos los que creen que el número de muertos fue de hecho tres veces más grande. Ante el rostro de una tragedia de dimensiones tan dramáticas, y dentro de una cultura global cada vez más interesada en “tener más”, Romero mantuvo siempre el ideal de “ser más” .
El legado más importante de su vida fue el ofrecimiento de su propia vida a favor del pueblo al que amaba. Romero pensaba que “el mayor testimonio de fe en un Dios de Vida es el testimonio de aquellos que están dispuestos a dar su propia vida” . Poco antes de su muerte, el afirmaba:
El martirio es una gracia que yo creo que no merezco. Pero, si Dios acepta el sacrificio de mi vida, quiero que mi sangre sea semilla de libertad y un signo de que esta esperanza se convertirá pronto en realidad. Que mi muerte, si es aceptada por Dios, esté al servicio de la liberación de mi pueblo y sea un testimonio de esperanza en el futuro .
En ese mismo tiempo, unos días antes de su muerte, Romero insistía en lo siguiente: “Debo decirle que, como cristiano yo no creo en una muerte sin resurrección. Si me matan, yo resucitaré en el pueblo salvadoreño”. La fe de Romero en el Dios de la vida, aunque rodeada de amenazas de muerte, ha inspirado a innumerables personas que han luchado a favor de la justicia, incluyendo a Ignacio Ellacuría y a los otros cinco jesuitas y a las dos mujeres que fueron asesinados el 16 de noviembre de 1989. Actualmente el Centro Oscar Romero se encuentra en el lugar donde ellos fueron asesinados.
La aportación de Romero reside también en el carácter ordinario de su vida.
Él era un hombre miedoso, cariñoso y con dudas. Su transformación, que le llevó a dejar de ser un hombre de iglesia seguro y conservador, para convertirse en un defensor profético de los pobres, abre un camino de esperanza para todos aquellos que están abiertos a la acción de Dios en su propia vida y que quieren encontrarle en medio de las ambigüedades y complejidades de nuestro mundo contemporáneo e incluso en medio de las incertidumbres de tener que encontrar nuestra ruta de navegación en busca de paz.
Romero fue testigo de la misericordia de Dios en un mundo sin misericordia. Así dijo:
“A través de mi vida sólo he sido un poema del amor de Dios y yo he llegado a ser en él lo que él ha querido que fuera”.
Manteniéndose en solidaridad con el Cristo del altar y con el Cristo crucificado en los pobres, Romero y otros como él han venido a ser conocidos como unos “entregados” [original en castellano], como personas que no solamente dan su vida por el pueblo, sino que, a través de su testimonio fiel, son una revelación de la vida de aquel a quien llamamos como a su ciudad: El Salvador.
(Cf. D. G. Groody, Globalization, Spirituality and Justice, Orbis New York 2007).






Teresa y LucíaEstos días, a propósito de las dos monjas más mediáticas del momento, Lucía Caram y Teresa Forcades y sus pronunciamientos, me han pedido opinión desde diversos medios. Como estas declaraciones suelen aparecer mutiladas o incompletas voy a aclarar aquí mi pensamiento:

Cuando Aristóteles definía al hombre como zoon politikón, (del griego ζῷον, zỗion, «animal» y πoλιτικόν, politikón, «político (de la polis)», «cívico»)  hacía referencia a sus dimensiones social y política. El hombre y el animal por naturaleza son sociales, pero solo el hombre es político por naturaleza al vivir en comunidad crear sociedades y organizar la vida en colectividades.

Por tanto todo, en cierto modo, es política, incluso no pronunciarse sobre la misma. De aquí que comprometerse en la vida política, sea con el voto, la opinión o una opción política es algo loable y para un cristiano una obligación moral. Más si se trata de la mujer, tantos años postergada en todos los ámbitos, y más aún, si es religiosa o monja, tan marginada en la vida y en las decisiones de la Iglesia.

En consecuencia yo me alegro mucho de que las religiosas tengan voz en los medios de comunicación y puedan opinar como todo el mundo. Al ser religiosas, y por tanto personas que por vocación señalan con su vida consagrada un sentido escatológico, creo que su denuncia política ha de estar, como también para los obispos, sacerdotes y los religiosos, en el ámbito de los valores evangélicos. Por ejemplo en la condena de la violencia terrorista, las desigualdades, el abuso de los pequeños y marginados, la corrupción,  la defensa de los pobres, en fin todo lo que emana de la cosmovisión de un seguidor/a de Jesús. Creo por ejemplo que Teresa Forcades, desde su doble índole de médico y religiosa, hizo una aportación inestimable en su campaña contra la famosa vacuna fraudulenta contra la gripe. O Lucía cuando defiende a los pobres o inmigrantes. Es el ámbito en que se mueve el propio Papa.

¿Dónde está el límite? En mi modesta opinión en el partidismo político militante. Cualquier cristiano puede y debe hacerlo, si está convencido de que al  militar en ese partido concreto, se compromete mejor con el bien común. El problema está si un jerarca de la Iglesia, sacerdote, religioso o religiosa deja automáticamente de ser lo que Arrupe definió admirablemente como “un hombre o mujer para los demás”. ¿Por qué? Porque ha de ser de todos y la política partidista divide y enfrenta, y automáticamente se hace hombre o mujer de solo un grupo de “los demás”, un sector concreto de la sociedad.

Uno, que ha rodado ya un rato por los vericuetos de la opinión pública, recuerda por ejemplo el daño que ha hecho en ciertos tiempos la Iglesia Italiana con su apoyo descarado a la Democracia Cristiana, o, más cerca de nosotros, el sistemático alineamiento de la Iglesia española de Rouco con el PP, incluso participando en sus manifestaciones. Y es que, como muy bien decía Tarancón, ningún partido se adecua totalmente con la doctrina evangélica.

Me diréis: ¿Y el padre José María de Llanos con su militancia en Comisiones y el PC? He tenido ocasión de estudiar este caso a fondo en mi biografía Azul y Rojo. Llanos era un converso del nacionalcatolicismo de Franco, se metió en el barro del Pozo hasta las cejas y después de muchos años de vivir con los últimos, exclamaba: “yo con ellos a muerte”. Eran tiempos de dictadura y exclusión y tanto él como Díez-Alegría y otros consiguieron que llegaran las libertades de la democracia y que la Iglesia no se identificara solo con la derecha. Aun así Llanos al final de su vida, desilusionado de un PC roto, confesaba que quizás no debía haberse hecho comunista, porque lo único que le importaba era Jesucristo.

Por consiguiente mi opinión es: Monjas en política (es decir en la denuncia social, la intervención y el compromiso evangélico), sí. Monjas politizadas (es decir, apoyando a Artur Más, Rajoy o Pablo Iglesias o cualquier otro partido concreto, sea de izquierdas o de derechas), no. Tienen  mil posibilidades de pronunciarse contra las injusticias y denunciar los gobiernos y la oligarquía o lo que quieran con su hábito. Serán así de todos y del Evangelio. Pero si quieren vestirse con una sigla concreta que cuelguen el hábito  o al menos temporalmente, como creo que va a hacer Teresa Forcades. Creo que fue Ignacio de Loyola quien decía: “Cuanto más universal, más divino”. Y Arrupe cuando le pregunté sobre su postura acerca del País Vasco me respondió: “Me gustaría tener un pasaporte de ciudadano del mundo”.

La varicela de Francisco




¡Menudo cómo se ha ido la señora! Me comentó, cuando terminé de celebrar la Eucaristía en Sanyres, la recepcionista de la casa, Asun, además de chica para otros menesteres. En esta residencia para personas mayores nadie es sólo lo que aparenta, incluso el director va a por recetas y la cocinera plancha que es un primor. De tal manera, Asun además de atender a la puerta, al teléfono, a peticiones de usuarios y residentes, es la cara amable de esta casa, que es también, o lo será no tardando, la mía.
Todos los sábados me presento puntual para empezar a las seis, y tengo que trasladar todos los “cachivaches” pertinentes desde la capilla/sacristía a una sala mucho más amplia donde cabemos casi, porque con el aumento de las sillas de ruedas ya no sé dónde iremos a parar. Llevo, pues, lo justo, tirando a menos. Y utilizamos una amplia mesa que el resto del tiempo sirve para las actividades propias de la edad de quienes allí viven: o sea, pintura, recortables, “pegaciones”, corte y confección, en fin, lo que sea que hagan a lo largo de la semana. Y todos alrededor, celebramos la Eucaristía.
Eventualmente se nos añaden familiares de visita, y no familiares que tampoco vienen de visita, que les sirve mejor el sábado en la tarde que los domingos.
Una señora, no sé si visitadora familiar o qué, no gustó que la mesa estuviera limpia de polvo y paja. Y al salir comentó que ¡qué vergüenza! Ni siquiera un mantel.
Asun, la recibidora, me lo contó al terminar. Y mientras una anciana me hacía gestos de que no lo diera importancia, argüí que si quería manteles, en la capilla estaban sobre el altar, que entrara y mirara. Que a nosotros nos parecía bien como lo hacíamos.
El caso es que siempre tiene que haber alguien que corrija a los demás. La señora en cuestión no dio la cara, y se fue con cargas destempladas sin firmar a la salida. Así que no sé quién pueda ser. Ni me importa.
Sí sé quiénes son –y no me importan nada sus nombres superfamosos– los dos cardenales, los doscientos cinco obispos y los más de trescientos mil que han firmado un escrito dirigido a papa Francisco para que no levante la prohibición de comulgar a los casados recasados.
Lo que en un principio fue cosa de cinco cardenales, ahora está pareciendo un sarpullido en toda regla de indignados.  Ya no sé cómo Francisco papa pueda reaccionar, si callando o replicando. Preferiría que no les contestara y que siguiera con el plan que tuviera previsto. Y si resultare que en efecto quiere que a nadie se le vete comulgar por dictados externos a las personas, que no se corte ni un pelo en salir en defensa de la propia conciencia, para que cada cual obre según ella. Por mi parte tiene todos los parabienes, porque prohibir atender una invitación además de carecer de rigor –evangélico, teológico, humano– supone alentar un desaire, y eso a Jesús, El Señor, no se le hace; pero impedir acatar un mandato, –y es triple: «tomad y comed», «tomad y bebed», «haced esto en memoria mía»– es una villanía y ya puestos también una prevaricación.
Lo mejor es enemigo de lo bueno, decía mi mamá, para corregirme cuando me mostraba puntilloso en las cosas. No te pases, hijo, que la perfección casi nunca es alcanzable, y hay que contentarse con lo que pueda ser. En efecto, en mi casa se comía todo lo que salía de la cocina, aunque los garbanzos estuvieran recios y el filete demasiado hecho.
Papa Francisco, la varicela es pasajera y se calma no rascándose y con masajes a base de bicarbonato, vinagre y flores de caléndula. Nadie que yo sepa ha muerto por esta enfermedad. Además, una vez sufrida, ya no vuelve.
Paciencia y salud.

Aquel jueves del 55 que relució más que el sol



Leí el artículo deprisa, porque era ya la hora de ir a La Arbolada. Destilaba nostalgia por un tiempo que pasó, y tristeza por un ahora ingrato. También reclamaba justicia por el exceso hacia quienes nunca fueron así pero incluyeron en su grupo indeseables. Los curas rurales reivindicados, pensé. Nadie saldrá por ellos, continué el pensamiento. Y casi ya al apagar, encontré este poema y me dije, me lo pongo. Aquí está.

Cae el sol

Perdóname. No volverá a ocurrir.
Ahora quisiera
meditar, recogerme, olvidar: ser
hoja de olvido y soledad.
Hubiera sido necesario el viento
que esparce las escamas del otoño
con rumor y color.
Hubiera sido necesario el viento.
Hablo con humildad,
con la desilusión, la gratitud
de quien vivió de la limosna de la vida.
Con la tristeza de quien busca
una pobre verdad en que apoyarse y descansar.
La limosna fue hermosa -seres, sueños, sucesos, amor-,
don gratuito, porque nada merecí.

¡Y la verdad! ¡Y la verdad!
Buscada a golpes, en los seres,
hiriéndolos e hiriéndome;
hurgada en las palabras;
cavada en lo profundo de los hechos
-mínimos, gigantescos, qué más da:
después de todo, nadie sabe
qué es lo pequeño y qué lo enorme;
grande puede llamarse a una cereza
("hoy se caen solas las cerezas",
me dijeron un día, y yo sé por qué fue),
pequeño puede ser un monte,
el universo y el amor.

Se me había olvidado algo
que había sucedido.
Algo de lo que yo me arrepentía
o, tal vez, me jactaba.
Algo que debió ser de otra manera.
Algo que era importante
porque pertenecía a mi vida: era mi vida.
(Perdóname si considero importante mi vida:
es todo lo que tengo, lo que tuve;
hace ya mucho tiempo, yo la habría vivido
a oscuras, sin lengua, sin oídos, sin manos,
colgado en el vacío,
sin esperanza.)

Pero se me ha borrado
la historia (la nostalgia)
y no tengo proyectos
para mañana, ni siquiera creo
que exista ese mañana (la esperanza).
Ando por el presente
y no vivo el presente
(la plenitud en el dolor y la alegría).
Parezco un desterrado
que ha olvidado hasta el nombre de su patria,
su situación precisa, los caminos
que conducen a ella.
Perdóname que necesite
averiguar su sitio exacto.

Y cuando sepa dónde la perdí,
quiero ofrecerte mi destierro, lo que vale
tanto como la vida para mí, que es su sentido.
Y entonces, triste, pero firme,
perdóname, te ofreceré una vida
ya sin demonio ni alucinaciones.

José Hierro, Libro de las alucinaciones

Ojala me sirviera de homenaje. Hoy quisiera ofrecérmelo a mí mismo que ya estoy en la postrera etapa, próximo a la meta, tras muchas pedaladas y pocas gratificaciones. (Por cierto, Contador arañó ayer dos segundos, ese sí que puede).
Cerrábamos el curso catequético. Salvo los más pequeños, nadie quiso destacarse. Miedo escénico, lo dicen. ¡Qué poco cambian las cosas a pesar del tiempo transcurrido y las nuevas formas y colores! Unos leyeron, otros y otras cedieron a mi insistencia y dijeron algo más con gestos que con palabras. Los mayores, en su sitio y sin moverse, asentían con la mirada y la sonrisa, y poco más.
Comulgamos mientras cantábamos y no me quise hacer notar, pero mientras daba a los más peques su “segunda” comunión, yo rememoraba sesenta años de distancia de aquella otra Ascensión en que vestido de marinerito hice mi “primera”.
Ya eres de la tercera edad, miguelangel, entérate bien. Nunca fuiste cura rural, ahora tampoco eres cura de barrio. Ni de ciudad ni de campo, siempre nadando por tu cuenta y a tu bola, dando la nota más de una vez, y por no parecerte ni siquiera a don Toribio, el de tu pueblo, que asistió a tu ordenación vestido con traje y sin corbata.
Acaba de recordártelo una paisana que amablemente te ha enviado una foto de una imagen de la Virgen y ya de paso te hizo ver que fuiste niño y comiste pelusos y sobadas que tu madre iba a hornear en casa del panadero del pueblo.
Aseguro que vivo con la  mirada puesta en el presente y hacia el futuro, sólo que de vez en cuando algo o alguien me hace mirar por el retrovisor. Prometo no dejar que se me “encone”.

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