Basta una simple denuncia…




Y una primera plana de un periódico* de tirada nacional para que se levanten furibundos comentarios por los medios y hasta se planteen preguntas en los parlamentos de ¡a ver qué pasa aquí!**
Y si la cuestión atañe a los quehaceres de la Iglesia, la controversia más que servida está recocida***.
“Las Edades del Hombre” no debió pasar de lo que en su momento pensaron sus ideólogos y primeros constructores: Aquellas hermosísimas exposiciones que en cuatro momentos castellanoleoneses y un apéndice europeo pusieron ante nuestra consideración, para embeleso y gratitud con nuestra historia, la riqueza en cultura, fe y arte de nuestros mayores, en la cual muchas personas que ya peinamos canas abrimos los ojos a la vida y crecimos haciéndonos lo que somos.
Pero dado que quien manda, manda, a José Velicia y Cía. no les quedó otra que seguir, estirando la cuerda más allá de lo que daba. De manera que ahora están por la veintidós, y no parece que esto pare.
Que alguien denuncie recuento de visitantes fraudulento cuando la entrada es libre y hay tiros por ser sede de la próxima exposición… Que parezcan abultadas las subvenciones cuando los industriales de cada plaza saben que con su llegada tienen el aforo completo y la caja a rebosar… Que se hable de dinero público cuando los particulares esconden su cartera a la hora de colaborar…
No hablé mucho con José de este asunto, que los nuestros eran otros por aquel entonces. Pero su queja fue constante: si no hubiera sido por caja Salamanca —y Sebastián Battaner Díaz**** muy en particular—, ni empezamos. Y mira que llamó a puertas…
Alguien ha dicho que Velicia sonreía como Spencer Tracy. Más bien reía como Gary Cooper, y como él estuvo y se mantuvo solo ante el peligro. Con una diferencia: el actor tuvo a su joven esposa a su lado; José Velicia tuvo muchos amigos que no le abandonaron.





Limpia, fija y da esplendor


Con este lema se creó, y se supone que era al tiempo su cometido y finalidad. No dudo que desde el lejano siglo XVIII este haya sido su empeño, aunque no tengo humor para rastrear en el diccionario a fin de comprobar con qué grado de pulcritud lo ha llevado a cabo.
Ahora parece que va a limitar el área de trabajo, y quedarse en simple fedataria. Pues qué bien.
Un chivatazo me ha hecho llegar que a partir de ahora vale todo lo que se diga y como se diga, de modo y manera que de cuidar el idioma pasa a notaria de la actualidad. Si así va a ser, pues que sea. De todas las maneras ya lo es desde hace tiempo, digan lo que digan sus ilustrísimas.
Consentir que el infinitivo sirva de imperativo es hacer un pan como unas tortas.
Dar por bueno que es mejor hablar en extranjero que en el propio, aunque simplemente sea igual, para mejorar las relaciones comerciales, deportivas o comunicativas, no es dar esplendor a nuestro idioma, por mucho que fije. Cómo disfruté escuchando “pileta” en no sé qué juegos ocurridos allende el océano.
Tengo entendido que en inglés no se entienden, porque en cada zona lo pronuncian a su bola. Y que de ahí viene el deletreo de las palabras, y lo de añadir b de Barcelona, m de Madrid y z de Zaragoza, muy propio de concursos en los que la cultura no sale muy bien parada. No me extrañaría que termine pasándonos también a nosotros.
¿Cómo dices? ¿Que si de mí dependiera aún estaríamos hablando en latín culto? Hombre, pues no. Si por mí fuera, en el cole exigiría aprender a escribir sin faltas de ortografía, y en los comentarios y correos de Internet sería obligatorio pasar antes de dar la tecla “OK” el corrector ortográfico por el texto a publicar.
Por mi parte, seguiré leyendo a mi paisano Zorrilla, y disfrutando de una expresión lingüística pasada de moda pero hermosísima. Ya lamento que entonces no existieran medios para conservar enlatado el sonido, debía ser un declamador excelente; triunfó como rapsoda tanto en Barcelona como en el sur del sur de España. He visto los galardones con que le premiaron a lo largo de sus muchos viajes por el territorio, también en Catalunya.

En caja de madera



Ya me había acostumbrado a verlo en lo vinos: bonitas cajas de madera, preparadas para regalo, que a mí me llegaban ya vacías y que utilizaba para usos bien diversos.
Me sorprendió gratamente recibir en una boda una combinación de latas de conserva de pescado. No eran latillas corrientes, de las que abundan en los anaqueles de los super, sino selectas elaboraciones propias de gourmets. La mía está ahora en la cocina, esperando ocasión propicia para consumir cualquiera de los tres productos que la componen: sardinillas, mejillones y bonito del norte. Una mañana te preparas un buen almuerzo, y te quedas como un señor, me soltó un comensal durante el festín.
Espetellados los ojos se me han quedado esta mañana cuando al abrir el ordenador lo primero que me encuentro es la biblia de jerusalén “encajada” como si fuera vino selecto o conserva de alta gama.
No menos sorprendente es el contenido de la ficha explicativa: madera de bambú, forro interior de terciopelo, cruz metálica incrustada, canto dorado, cintas de seda… y sólo 100 ejemplares a la venta sólo por internet.
Estoy pensando adquirirla para mi parroquia. Pero una duda me corroe: ¿Qué he de exponer, la biblia o la hermosa caja?

Que la luz venza a la oscuridad





A ninguno de los tres les hacía gracia que el solar resultante de aquella vieja nave industrial a partir del cual tenían que idear el nuevo templo parroquial estuviera encajado por ambos lados, aunque libre por delante y por detrás. La parte trasera permitía algún tipo de abertura por la que dejar pasar la luz, y la delantera, ya se vería. Pero que los laterales fueran completamente opacos hacía imposible iluminar y ventilar adecuadamente. Por fin dieron con la solución, la única que quedaba: iluminar por arriba. Había, pues, que echar mano del policarbonato. Y desde el principio, esta palabra pasó a ser la incógnita número uno de una larga lista que algún día publicaré en una obra que se hacía con mi presencia pero sin mi intervención directa o indirecta.
Las placas de policarbonato pueden ser transparentes o translúcidas. Y eran éstas precisamente las que interesaba emplear, porque sólo se quería luz, no mirar al cielo. Así pues, se dotó al edificio de un techo luminoso en todo el perímetro excepto en la fachada, que sí fue transparente porque lo pedí expresamente.
Terminada la obra, a todos nos pareció estupenda. Vista ahora, tras dieciocho años, tiene sus cosillas. Por ejemplo, la limpieza. Si complicado es mantener el cristal de la fachada por culpa del tramex que lo protege, limpiar las placas del techo es tarea imposible. Sellado por el interior y cubierto por el exterior por el tejado, nadie se ha atrevido a tocarlo a lo largo de este tiempo.
El polvo que se había ido filtrando a pesar de todos los pesares y la labor de arañas y otros insectos, todo ello bien conjuntado dejó a media luz, exagerando un poquito, lo que en principio era un recinto luminoso.
Hasta que, luego de una siesta reflexiva, me subí a la escalera, pegué un empellón al policarbonato y empecé con el plumero a quitar porquería.
Ha sido laborioso no sólo por el lugar, también por las dimensiones: dieciséis metros de largo y casi metro y medio de ancho de cada lucernario. He tenido que inventarme una herramienta después de estudiar durante todo un día cómo acceder a maniobrar sobre la cara superior desde la pequeña rendija que quedaba practicable.
El proceso ha sido engorroso, pero al fin está terminado.

¿Esa mancha? No es tal, es una mosca atrapada. Alguien quiso agilizar el montaje y obvió sellar la placa por su extremo oculto. Un fallo que no tiene solución… fácil.

Una casa con fantasma:
La Casa de Zorrilla





Menos mal que es un fantasma familiar, la abuela del vallisoletano ilustre, poeta, dramaturgo, rapsoda y trotamundos José Maximiano Zorrilla Moral —el inmortal José Zorrilla—.
No tuvimos la suerte de experimentar su presencia, a pesar de que Paz Altés se esforzó sobremanera en llamarla y reclamarla. Si acaso, al final, pudiera considerarse que estuvo con nosotros para que no tropezáramos al salir por la puerta de la vieja casa que, como aún se puede observar en muchos de nuestros pueblos, tiene marco también en la parte inferior.
Una visita que oficialmente dura quince minutos se alargó de la mano de Paz y su abrumadora erudición más allá de la hora y media. Recorrimos sin prisa y con muchas pausas la planta alta de la casa donde vino al mundo el escritor y moró durante sus primeros ocho años. Y dejamos el resto porque no hubo tiempo para más, para mejor ocasión.
Imposible recoger en este pequeño mundo lo visto, escuchado y percibido durante el amplio recorrido de la vivienda. Mucho ya tiene publicitado en Internet la Fundación Municipal de Cultura del Ayuntamiento de Valladolid, entre descripción y ofertas de actividades varias con motivo del bicentenario del nacimiento del interesado. De modo que sólo se ofrecen detalles en imágenes de la visita en grupo que hicimos los vecinos de la Cañada.































Y para terminar, algunos apuntes críticos a un ojo inexperto que osa enmendar la plana al mismísimo lucero del alba:
1º Me llamó mucho la atención que en la reproducción de la cocina auxiliar aparezca un grifo sobre el fregadero de piedra. ¿Habría ya agua corriente en la ciudad en el siglo XIX?
2º Todos los quinqués de la casa, sean o no originales de la misma, que seguro que no, están adaptados a corriente eléctrica. Mejor hubiera sido dejarlos en su ser, e iluminar las habitaciones de otra manera.
3º Que el quinqué de la izquierda del escritorio del poeta tenga una vela en el lugar donde debería estar la mecha, resulta un detalle poco elegante. Pero que un brazo de uno de los quinqués del techo del salón esté roto y sujeto con bridas de plástico resulta una chapuza imperdonable.
4º El viejo arpa reposa en un rincón del lujoso salón principal. Cuerdas rotas y ausentes hablan de desidia o falta de recursos…
5º El sofá tampoco está allí para que se sienten las visitas, pero al menos debería estar reparado, y no con el respaldo desprendido y apoyado sobre la pared…
6º El par de espadas que nos reciben en el rellano de la escalera que conduce a la vivienda luce muy bien sobre la pared, salvo por el artilugio que las sujeta, más propio para tuberías en absoluto imaginables en vida de nuestro noble ancestro.
Afortunadamente no sobrepasan, en mi apreciación, la media docena estos detallitos inapropiados. No tenemos presupuesto, me sopló Paz, y ya no quedan “manitas” en el servicio de mantenimiento, se los llevó… y no me quiso decir quién, pero no hizo falta, es público y notorio.
Para terminar: al tiempo de nuestra visita, en el patio había ensayo de declamación. Fue un placer escuchar las explicaciones de Paz Altés y oír de fondo las palabras del ilustre poeta.
Una auténtica gozada.

El Valle de Boí



Vista general del ábside de San Clemente de Taull en el Museo Nacional de Arte de Cataluña


No te pierdas el Valle de Boí, me soltó aquella mañana José Velicia al pasar por delante de la puerta de mi despacho de obras en la sede del episcopado. Hacía calor y estaba de par en par, para que corriera el aire entre los muebles antiguos que servían de contenedores de papeles que firmara Pedro Baz, a la sazón encargado del control de los edificios diocesanos, y las fotos que sacara José María Isusi, mantenedor de la riqueza cultural que atesoran templos, ermitas y santuarios de la diócesis. Y abierta, porque era mi horario de atención al público y no había conversación que reservar del curioseo. Valle de qué, le grité, al tiempo que él se metía en el despacho contiguo, a la sazón sede de las Edades del hombre, donde solía parlotear con su sobrino, secretario de las mismas. Él habitaba en el piso inferior, donde estaba la vicaría de pastoral. Y con esto, he descrito todo el escenario.
O casi. Abajo estaba además el cuarto de la multicopista, donde regía, y sigue rigiendo, X. Y arriba, el santo tribunal diocesano y, al fondo, el archivo de boletín diocesano, que en gloria esté.
Ya no recuerdo si me dirigí al despacho de la habitación contigua o esperé un rato y bajé a preguntarle al de abajo, pero está claro que aquella mañana no salí del palacio arzobispal sin haber localizado el valle que me recomendaba visitar. Verás un románico…, me resumió sin terminar la frase.
Como entonces no frecuentaba internet, estamos en el año 1994, hube de informarme por otros medios más rústicos y difíciles de consultar.
Así que este verano haremos turismo cultural.
Sin miedo al porvenir, iniciamos nuestro periplo pirenaico de aquel año como siempre por Zuriza. Luego el siguiente, Oza, y el siguiente… Al final, tras recalar en Benasque, pasamos a Boí. Y como a mí ni la cultura me obliga, nos hospedamos en lo alto de Taüll, en un camping que aún se estaba montando.
Ya desde bien temprano bajamos a visitar iglesias: Sant Climent y Santa María de Tahull, San Juan de Bohí, Santa Eulalia de Erill-la-Vall, San Félix de Barruera, Natividad de la Madre de Dios de Durro, Santa María de Cardet, Santa María de la Asunción de Coll y la ermita de San Quirce de Durro.
Toditas las visitamos, pero no en todas pudimos contemplar el interior. Y no digo que afortunadamente, pero casi: las pinturas eran meras copias. Los originales estaban en la capital del condado, o sea, Barcelona.
No aguantamos mucho allí, y pronto volvimos a nuestros fueros, o sea, campo abierto.
Al terminar el recorrido del valle me preguntaba cómo José me había recomendado tal visita. Precisamente él, que había ideado —y materializado espléndidamente— las Edades del hombre para que supiéramos qué había en qué rincones de nuestra tierra castellana, sin hurtar a los lugareños la riqueza que atesoraban desde tiempo inmemorial.
En el país catalán se llevaron la caza y dejaron en su lugar meros señuelos. Si quieres ver mis trofeos vienes a la capital, pagas y te vas.
No tengo ahora que valorar, ni soy quien para hacerlo, la pedagogía catequética de José Velicia. Insistía una y otra vez en que los cuadros, las tallas, los relieves, los libros, la música… todo ello tenía un lugar concreto para el y en el que se concibieron, y unas gentes que son sus primeros y auténticos destinatarios, al tiempo que sujetos agentes del conjunto. Y que prescindir de ellos rompe el sentido, lo cambia por completo, de tal modo que ya no se pueden comprender en su propio ser.
Ideó unas exposiciones para que aquellas enormes colas de visitantes que se dieron en Valladolid (El Arte en la Iglesia de Castilla y León), Burgos (Libros y documentos en la Iglesia de Castilla y León), León (La música en Castilla y León) y Salamanca (El Contrapunto y su morada), se repitieran luego por villas, pueblos y ciudades de la región castellano leonesa, en visita no sólo turística, sino cargada de interés humano, incluido el religioso.
En mí, al menos, lo consiguió.
Curiosamente no conservo ninguna foto de este periplo sobre el románico, y lo que más recuerdo fue el recorrido de Aigüestortes hasta Portarró d’Espot, el límite con San Mauricio, al que no pudimos llegar porque había que dar la vuelta hasta el coche. Verlo desde lejos me bastó.

Valladolid, puro Romanticismo
en el 200 aniversario del nacimiento de José Zorrilla (1817—2017)




1. Casa de Zorrilla.


José Zorrilla Moral nació en esta casa —en la entonces calle de la Ceniza— el 21 de febrero de 1817. En esos días, en el domicilio familiar convivían: José Zorrilla Caballero, el padre, natural de Torquemada (Palencia), “relator” de la Chancillería, hombre de recta moral y convicciones absolutistas; Nicomedes Moral Revenga, la madre, natural de Quintanilla Somuñó (Burgos); Zoilo Moral Revenga, tío materno, canónigo beneficiado de la Colegiata de Lerma; y las criadas Dorotea y Bibiana. La familia vivía en las dependencias de la planta principal, mientras que el servicio, la cocina y los animales se encontraban en la planta baja. Se trataba de una vivienda muy suntuosa para la época.
El niño nació sietemesino y pronto dio muestras de su especial sensibilidad extrasensorial: alucinaciones, sonambulismo, epilepsia… Su escasa fortaleza al nacer aconsejaron que recibiese, allí mismo el “agua de socorro”. Zorrilla creció en esta casa y en ella tuvo lugar la más famosa de las apariciones fantasmales e inexplicables que Zorrilla viviría de cerca; la de su abuela paterna, doña Nicolasa Caballero. 



2. Iglesia de San Martín


El 1 de marzo de 1817, José Maximiano Zorrilla Moral recibió las aguas bautismales en esta iglesia. Actuaron como padrinos su abuela materna, doña Jerónima Revenga; y su tío, también materno, el canónigo Zoilo Moral. El pequeño Zorrilla vivió en este barrio hasta los 8 años, aproximadamente. Primero en la casa de la calle de la Ceniza y luego, durante algunos meses, en una casa de la calle de las Angustias. Doña Nicomedes Moral lo traía a misa todos los días a este templo y aquí el niño quedaba sobrecogido por las figuras del retablo y de las capillas laterales, que impresionaban su ánimo y su subconsciente hasta el extremo de ocasionarle alucinaciones.
A finales de 1825, el padre de Zorrilla es trasladado primero a Burgos y luego a Sevilla, pero al año siguiente encontramos a la familia instalada ya en Madrid, donde don José comenzó a ejercer como superintendente de la Policía del Reino de Fernando VII. El niño Zorrilla ingresó en el Seminario de Nobles para cursar estudios. Allí se desveló, por primera vez, sus inquietudes, su gusto y su talento por y para la poesía y el teatro. Y, poco a poco, nuestro niño se convirtió en un inconformista joven José Zorrilla.
La vida de José Zorrilla iba a resultar azarosa y muy viajada. Dejando a un lado la geografía nacional que recorrió sin descanso con sus poemas y su voz, Zorrilla residió en Francia, Inglaterra, Cuba, México (¡doce años!) e Italia. Su popularidad fue magnífica hasta el punto de ser coronado “Poeta Nacional”, en Granada, en 1889, a la edad de 72 años; y su reconocimiento fue unánime en todas las instancias (la RAE, que lo quería entre sus miembros, lo nombró en 1848; pero Zorrilla no leyó a tiempo el discurso de ingreso. Y la RAE volvió a designarlo como académico en 1885 ... ). 



3. Universidad de Valladolid


El joven Zorrilla quería ser poeta, pero su padre tenía otros planes para él: que estudiase derecho y siguiese sus pasos. El enfrentamiento entre padre e hijo por este asunto fue constante entre ambos durante años.
En 1834, José Zorrilla es enviado a la facultad de Leyes de la Universidad de Toledo. Tiene 17 años y su pasión por la poesía es ya una obviedad y un gran inconveniente para los planes que para él tenía su padre. La estancia en Toledo es un despropósito y, tan sólo un año después, su padre, don José Zorrilla Caballero, lo matricula en Valladolid, para que continúe aquí sus estudios bajo la estricta vigilancia del recto Tarancón, a la sazón amigo suyo. Su apenas año y medio en la Universidad de Valladolid confirmó la cadencia de Zorrilla hacia el ámbito de la creación literaria. Publicó sus primeros versos e incluso un cuento —La mujer negra (ambientada en la localidad palentina de Torquemada)— y algunos poemas en la popular revista literaria “El artista”. Todo ello a espaldas de su padre, que le imaginaba concentrado en sus estudios hasta que el rector Tarancón le abrió los ojos. Cansado del comportamiento de su hijo, don José dispuso que éste se trasladase a Lerma (Burgos), donde él mismo cumplía destierro en ese momento, para allí ponerle a trabajar en asuntos de la hacienda doméstica. En el verano de 1836, cuando el joven Zorrilla se dirigía en diligencia hacia Lerma para cumplir el castigo paterno, al pasar por Torquemada (tierra que conocía bien), burló al cochero, robó una yegua y cabalgó hacia Valladolid. Aquí, con ayuda de su amigo Miguel de los Santos Álvarez, esa misma noche vendió el animal y compró un pasaje para salir al día siguiente hacia Madrid. 



4. Pasaje de Gutiérrez


Zorrilla llegó a Madrid —estamos en el verano de 1836—, huido y sin que su familia supiese nada de él, y allí encontró hospedaje en casa de un cestero. Su amigo Miguel de los Santos no tardó en reunirse con él y ambos comenzaron a frecuentar los ambientes literarios de la sociedad madrileña. Zorrilla, aún con 19 años, escribía y escribía poemas; e incluso llegó a publicar alguno en revistas del momento. Llegado el invierno, tomó la costumbre de pasar las mañanas en la Biblioteca Nacional, al calor de los braseros que allí estaban siempre encendidos. Sobrevivió como pudo y en ello estaba cuando, unos días antes de su vigésimo cumpleaños, el 13 de febrero de 1837, el famoso poeta romántico Mariano José de Larra se suicidó; y José Zorrilla fue invitado a escribir unos versos de despedida al desafortunado poeta en su entierro. Y así lo hizo dos días después, 15 de febrero, en el cementerio de Fuencarral. Ese vago clamor que rasga el viento / es la voz funeral de una campana; / vano remedo del postrer lamento / de un cadáver sombrío y macilento / que en sucio polvo dormirá mañana. [ ... ]. En ese preciso instante, frente a lo más nutrido de la sociedad madrileña, José Zorrilla salió para siempre del anonimato. Seis días después, Zorrilla cumplió veinte años.
José Zorrilla se instaló en Madrid y comenzó a trabajar para diversos periódicos, como El Porvenir y El Español. Su producción poética era desenfrenada. Tanto que ese mismo año (1837) publicó el primer tomo de sus poesías. Al año siguiente, 1838, vieron la luz los tomos dos y tres. Y en el 39, además de publicar los tomos cuatro, cinco y seis, el imparable Zorrilla aún tuvo tiempo para casarse con la viuda de ascendencia irlandesa Florentina O'Reilly (dieciséis años mayor que él), firmar al alimón con su admirado García Gutiérrez el drama Juan Dandolo y estrenar en el teatro del Príncipe su obra Cada cual con su razón. En 1840 continuó publicando poesía: dos tomos, séptimo y octavo, y además comenzó a publicar “leyendas”, un género en el que demostró ser un maestro. Por lo tanto, Zorrilla fue:
Poeta   — Poesías (hasta 8 volúmenes en cuatro años ... )
            — Orientales como Corriendo van por la vega
            — Poemas narrativos: Granada, La leyenda del Cid, Los gnomos de la Alhambra, etc.
Autor teatral: Cada cual con su razón, El puñal del godo, El zapatero y el rey, Traidor, inconfeso y mártir, etc.
Autor de leyendas inolvidables: Margarita la Tornera, Las píldoras de Salomón, A buen juez mejor testigo, etc.
Y prosista excepcional: Recuerdos del tiempo viejo.
Muchos le llaman “el último romántico”. Y quizás lo fuese… Es difícil clasificar el estilo de un hombre que, como Zorrilla, vivió 76 largos años, en uno de los siglos más convulsos de la historia contemporánea; y en tan distintos países y sociedades…


5. Teatro Zorrilla


En septiembre de 1883, Zorrilla viajó a Valladolid para asistir a la inauguración del teatro que una sociedad local había erigido en la Plaza Mayor de la ciudad y al que habían decidido poner su nombre. El Teatro Zorrilla fue inaugurado con la puesta en escena de Traidor, inconfeso y mártir, la que probablemente sea la mejor obra de nuestro autor, desde el punto de vista de la dramaturgia. Zorrilla estuvo acompañado por sus amigos y colegas Emilio Ferrari; Gaspar Núñez de Arce y Leopoldo Cano. Para ellos y para su ciudad tuvo Zorrilla palabras de gran elogio, como constatan los poquitos versos que el Ayuntamiento ha publicado en el “librito” titulado: “A Valladolid”. Valladolid, un año después, en 1884, lo nombró “cronista oficial”. 


6. Plaza de Zorrilla


José Zorrilla falleció en su domicilio de la calle Santa Teresa de Madrid, el 23 de enero de 1893, a causa de diversas dolencias que entraron por fin en fatal conflicto. El entierro, organizado por la Real Academia Española fue un auténtico acontecimiento de Estado. Sin embargo, José Zorrilla había expresado el deseo de que sus restos descansasen en su ciudad natal y hasta aquí fueron trasladados tres años después, en 1896. El féretro fue expuesto bajo un espectacular monumento funerario instalado en la iglesia de San Benito y miles de vallisoletanos pudieron así presentarle sus respetos. Zorrilla fue enterrado en el Cementerio del Carmen en una sepultura provisional, hasta que en septiembre de 1901, el Ayuntamiento tuvo ultimado todo aquello que, en principio, quería poner en marcha en homenaje a su ilustre hijo:
-       las obras del nuevo Panteón de Vallisoletanos Ilustres;
-       la urbanización y ajardinamiento de la plaza de Zorrilla, presidida por la escultura/monumento del poeta realizada por Aurelio Rodríguez Carretero, quien años antes había obtenido la máscara mortuoria del cadáver de Zorrilla;
-       y la asignación del nombre de paseo de Zorrilla a la hasta entonces acera de Sancti Spiritu.
En 1917 —centenario del nacimiento de Zorrilla—, el Ayuntamiento de Valladolid inició negociaciones para adquirir la casa natal del poeta. La colaboración de la segunda esposa (1869) y viuda de Zorrilla, Juana Pacheco resultó crucial a la hora de dotar el inmueble con los enseres familiares y personales. La figura de don Narciso Alonso Cortés resultó decisiva en todo ello.
Décadas después, la ciudad de Valladolid pondría el nombre de Zorrilla a su primer instituto de Educación Secundaria, a uno de sus centros escolares de Educación Primaria e incluso al estadio de fútbol municipal, situado primeramente en el paseo de Zorrilla y posteriormente trasladado a su actual emplazamiento. 



Poeta José Zorrilla es el apelativo con el que se reconoce y es conocida en el movimiento ciudadano la Asociación de Vecinos de La Cañada, que con este paseo ilustrado por Valladolid avisa de sus próximas fiestas:




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